En las frías noches de invierno era algo habitual que en cuanto empezaban a sonar truenos, en todas las casas de la Isla se pronosticara que se iba a ir la luz y ocurría así. En casa de mis abuelos había un quinqué que siempre estaba preparado para estas ocasiones, disponía de un depósito para petróleo y una mecha que se manejaba con una rueda situada en un lateral. Eran años de novelas radiofónicas y sillas alrededor de una copa para calentarnos, ese brasero que todas las tardes se preparaba con cuidado para que durara hasta la hora de irse a dormir, era un ritual que solía llevar a cabo mi abuela en la azotea, junto a puerta de la cocina que estaba situada en el cuarto alto de la casa.
Esas noches de relámpagos, truenos y frío eran toda una aventura, esperábamos que las bombillas se apagasen en cualquier momento y que la radio quedase muda en medio de lo más interesante del programa que estuviera emitiéndose para volver cuando ya sonaban los acordes de la despedida de la emisora. Pero mientras duraba el apagón todo se volvía especial, se encendía el viejo quinqué, esperábamos en esa semioscuridad contando historias y cuentos y calculando si la tormenta se acercaba o alejaba según la distancia de tiempo que había entre la luz del relámpago y el sonido del trueno, uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete, ¡se está alejando!, antes contamos cinco. Y la luz volvía al mismo tiempo en que la tormenta se iba camino de Algeciras.
El quinqué volvía a su rincón donde esperaría otra ocasión en la que volver a ser el centro de todas las miradas y nos íbamos a dormir tranquilos sabiendo que el temporal no nos había afectado salvo en que nos quedamos con las ganas de saber que ocurría a la protagonista de la novela, pero eso no tenía importancia, lo que de verdad importaba es que éramos felices con cualquier cosa, hasta con los apagones de luz.