miércoles, 9 de agosto de 2017

ESTE JUEVES : RELOJ QUE MARCAS LAS HORAS




De nuevo te giro y veo correr lentamente tu sangre,
ajena a todo, me distraigo en el tiempo, tu tiempo,
y mi tiempo.

 Tu arena fina alimenta una duna de pasado
que va amontonando recuerdos
mientras resta instantes a la vida.



Quién le iba a decir a Don Antonio que un día no volvería a darle cuerda a su reloj. Que su tiempo se había acabado y que serían otras manos las que se ocuparían de hacer girar la llave para que las manecillas pudieran continuar su invariable camino, segundo a segundo, siempre en la misma dirección, apuntando a los números romanos de su esfera nacarada. Todas las semanas, el mismo día y a la misma hora, él se dirigía con paso lento hacía el rincón de su cuarto donde estaba colocado el reloj de metal, siempre brillante, pulido con netol y trapos viejos de algodón. Desde mi cama oía el crujir de la cuerda enroscándose al ritmo de la llave que mi abuelo hacía girar con parsimonia. Era todo un ritual que el mismo tiempo marcaba. El tiempo al servicio del tiempo. Cada siete días el reloj esperaba la mano protectora que le permitiría seguir adelante, otros siete días, y otros siete, sumando siempre, y restando al mismo tiempo. Su segundero suena a recuerdo, a niñez, a café recién molido, a mañanas de inocencia, a ropa restregada en el lavadero de madera, a los pasos de mi abuela por la cocina, a la luz del día entrando por la montera, a sábanas bailando en los cordeles del tendedero, a trapos soleando en los pretiles de la azotea, al chisporroteo de la mariposa en el vaso de agua y aceite, a una época que se ha llevado el tiempo y que el reloj de metal, hoy colocado en mi patio, me trae con la misma calidez de entonces. 










15 comentarios:

Manolo Ruiz dijo...

Recuerdos entrañables, contados de forma magistral, de manera que parece que, al leerlos, se viven las escenas que nos va contando, llenas de cariño y cercanía.

Neogéminis Mónica Frau dijo...

Nos sobrevivirán esos tesoros, pese a que nuestros recuerdos permanecerán siempre firmes mientras estemos vivos, y alimenten nuestra propia historia.
Un abrazo

SalinaS dijo...

Estupendo, como nos tienes acostumbrado, me has trasladado en el tiempo, tu abuelo relojero, el mio además de fundidor en la Constructora, regentaba un Güichi, y allí me has trasladado, a sus rutinas, a sus labores, a su forma de vivir, precioso.

María Perlada dijo...

Un reloj entre recuerdos, cobijado entre las horas y los días.

Besos.

Ame dijo...

Tiempo y recuerdos, siempre juntos, me gustó el relato, Leonor
Beso

Tracy dijo...

Me has hecho recordar historias vividas que tienen como protagonista no sólo al reloj, sino a la persona que lo cuidaba.

pikxi dijo...

Y el reloj seguirá girando largo tiempo, como ya lo hizo antes.
Un saludo.

Anónimo dijo...

La pena es que también un reloj, aunque no fuera ese mismo, marcara tiempos cercanos, tan distintos y tan distantes, pero teniendo en común las sensaciones que provoca el contemplarlos.
Sin embargo, el cariño siempre seguirá ligado a la marcha de estos aparatos, que se convierten en dueños de nuestra vida, por lo que representan al medirlas. Y, aunque no lo queramos, controlarlas.

Fabián Madrid dijo...

Recuerdos de la infancia en el presente.
Besos.

Charo dijo...

Jo, Leonor! Esta vez lo has bordado, no solo con la poesía que has puesto al principio inspirada en el reloj de arena sino también con la historia del reloj de tu abuelo que supongo que será cierta.Me ha encantado, nos has hecho viajar a través de un objeto a unos recuerdos y a una época que no va a volver, pero que recordarás cada vez que le des cuerda al reloj.
Muchas gracias por participar.
Un beso

MOLÍ DEL CANYER dijo...

Un relato evocador que nos traslada a otro tiempo lleno de sensaciones que hacen vibrar. Me has llevado por momentos a mi infancia y a otras manos que daban cuerda al reloj. Magnifivo relato, besos.

Roxana B Rodriguez dijo...

¡Hola! Me gusta mucho esa manera de narrar como le da cuerda al reloj y evoca recuerdos. Me ha dado mucha ternura

¡Un abrazo!

ibso dijo...

Lo de dar cuerda a un reloj con una rutina establecida del abuelo de tu ciento, para mi significa dos cosas:
Primero que sigue vivo. Es una obviedad pero el que hace el acto (
Sobre todo es una persona mayor) puede pensar: ¿estaré vivo los próxima vez?
Segundo que es mortal. Su ritual le recuerda cada semana que esa puede ser la última. De cómo la viva depende de él.

El Demiurgo de Hurlingham dijo...

Por suerte, el reloj sigue funcionando.
Bien contado.

Fernando De Arnáiz Núñez dijo...

El paso del tiempo es inexorable, quizás se haga más lento al ver con deleite como cae la arena y vuelta al reloj, como un juego que nos distrae del propio paso del tiempo.
Mis abuelos y padre tenían los de pared de péndulo con plomadas, y no sé si era esclavitud, ilusión, adicción, pero todos los días a la misma hora de la noche, le daban cuerda y ponían en hora si se había parado por algo, pq habitualmente eran muy precisos.
El de mi abuela lo tiene un hijo, tío mio, es apoyado de pie en el suelo, el de mi padre, de pared largo, lo cuida mi hermana en casa de mi madre, y en la mía el de cuerda me llegó a través de un cuñado, y es uno negro redondo, de un procedente de un destructor de EEUU de la segunda guerra, y efectivamente, la cuerda le dura normalmente 7 días, salvo se apure mucho y llegue a casi diez, forzando.
Pero para que no oase el tiempo, lo dejo descansar de vez en cuando, a lo mejor es vagancia,,,,
Su tic tac es fuerte y característico.
Me encanta.
Es un precioso relato y poesía, la cual es impactante pir su sangría coctelera...
Gracias, me encanta, vuelve uno a la niñez con esos recuerdos, como dice la canción....