Ana sesteaba junto al pozo, a la
sombra de la parra de la que colgaban racimos de uvas moscatel ya maduras. El
calor de agosto a esa hora era sofocante, y el zumbido monótono de las avispas
que andaban alrededor de los frutos dulces le producía un adormecimiento muy
agradable. Ana dormitaba cuando la
invadieron recuerdos de otras tardes de
verano, cuando era niña, cuando visitaba a sus primas en la casa del huerto. Los paseos hasta el río, el olor seco que
emanaba de la tierra caliente, el mugido lastimero que sonaba desde el establo,
un mugido lejano, como si el aire cálido impidiera el avance de aquella voz,
amortiguándola, el incesante sonido del girar de la noria, con la mula gris, vieja
y mal pelada, que no cejaba en su empeño de caminar sin llegar a ninguna parte.
Volvió a subirse al granado, correteó entre las plantas de maíz, y hasta pudo
oír el crujir de las hojas secas de las panochas. La asustó, incluso, al evocarlo, el ruido
estruendoso del motor del pozo que llenaba la alberca del huerto, siempre le había ocurrido, y sin embargo, en
más de una ocasión, se había atrevido a bajar al sótano donde estaba colocado,
como enfrentándose ya a sus primeros miedos. Un grueso chorro a presión salía por una
cañería gruesa, y en unos minutos la alberca reflejaba en el agua los rayos
oblicuos de sol camino de su ocaso. Era entonces cuando el conde, que solo lo
era por el apellido, trasladaba desde su sembrado, lechugas, coles, acelgas, y
otras verduras que arrojaba al agua para que quedaran limpias de tierra, y era allí
mismo donde se metía la chiquillería a
refrescarse, jugando entre las hojas verdes y tratando de no rozar mucho con
los pies el suelo resbaladizo, cubierto por una capa por el verdín. En su mente
adormilada volvía a oír las escandalosas
voces de los niños y sus risas, y sonreía recordando aquellos momentos, y abría
los ojos para cerciorarse de que había vuelto a su patio, a su rutina
consoladora, al olor de la dama de noche que inundaba el aire ya más fresco del
atardecer.
Bienvenidos a este rincón en el que me suelo esconder para relajarme y donde dejo plasmadas alegrías y tristezas. Son las palabras mis mejores aliadas y la única forma de llegar a los amigos que se pasan a leerlas. Espero llegar a vosotros a través de ellas.
lunes, 16 de diciembre de 2019
LA SIESTA
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lunes, 10 de diciembre de 2018
CUENTO DE NAVIDAD
Algo
empezaba a notarse en el ambiente. Cada vez que se abrían las puertas del
armario un murmullo apenas audible parecía brotar de las cajas. En ellas
estaban guardados los adornos navideños, los de toda la vida, las bolas de
colores, el muñeco de nieve, el cervatillo plateado, el Papá Noel rechoncho que
había ido perdiendo el color rojo de tanto manoseo, porque los niños se pasaban
todas las fiestas cambiándolo de sitio entre las ramas del árbol, las
guirnaldas de espumillón, las luces intermitentes, el ángel de papel y alas de
algodón que hizo el niño pequeño en la guardería, las piñas doradas, la
estrella fugaz que coronaba el abeto…Ya se acercaba la hora de salir de allí y
alegrar la casa. Estaban expectantes ante lo que iban a volver a vivir, lo que
daba sentido a su encierro durante el resto del año. Los adornos se sentían
nerviosos. Pero pasaban los días y ellos seguían a la espera. Esta vez se
estaban retrasando. En el aire ya bailaban los villancicos y las cocinas olían
a anises y miel. La rutina de la familia
iba cambiando como todos los años por estas fechas. Las vacaciones de los
chiquillos convertían las mañanas en un guirigay festivo, como gorriones al
alba, despertaban deseosos de juegos.
Y
fue cuando oyeron el cántico de los niños de la lotería cuando sus ilusiones se
apagaron, ya no era un retraso, esto era otra cosa, algo inexplicable, algo que
nunca había ocurrido.
En
el salón, la televisión cantaba números mientras Laura presumía ante unos
vecinos de la nueva decoración de su magnífico abeto, haciendo callar a los
niños que preguntaban insistentes por la estrella de Oriente, las piñas
doradas, el ángel de papel y alas de algodón que había hecho el niño pequeño en
la guardería, las luces intermitentes, las guirnaldas de espumillón, el Papá
Noel descolorido, el cervatillo plateado, el muñeco de nieve, las bolas de
colores… sus queridos amigos de toda la vida.
En el armario, la
caja había vuelto a su silencio. Este año, y quizá nunca más volverían a ser protagonistas pero estaban seguros de que los niños nunca los olvidarían.
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Rayuela
domingo, 28 de octubre de 2018
SENSACIONES,EMOCIONES Y SENTIMIENTOS
Fue
el olor a castañas asadas lo que hizo aflorar a su pensamiento otros otoños,
otros fríos, otro tiempo. Fue el humo grisáceo envolviendo los contornos de la
plaza lo que la transportó a aquella tarde de dorondón, cuando el humo y la
niebla se disputaban el espacio, cuando el mundo parecía haberse reducido a los
pocos metros que alcanzaba la vista. Más allá todo quedaba velado y las
personas surgían de aquel universo indefinido como espectros fantasmales, incluso
parecía que se movían con dificultad, como si la bruma les impidiera avanzar.
La niña agarró con fuerza la mano de su tía y siguió caminando a su lado, muy
pegada a su costado, como si el contacto de sus cuerpos la protegiera de
cualquier peligro que pudiera emerger de aquella extraña cortina natural. Caminaron
despacio, atravesando el velo húmedo, la imagen le recordaba sus juegos ante el espejo cuando con el vaho de su respiración caliente formaba una nube en la que se miraba sin verse. Al llegar a la plaza de la Iglesia se oyó
el toque de misa y, aunque el reloj no se veía, dieron la vuelta porque era la hora
de regresar a casa. Fueron éstos, y otros, los recuerdos que la emocionaron al
paso por la vendedora de castañas, al sentir el olor de la candela y ver el
chisporroteo que brotaba por la boca del cañón de hojalata. Atraída por una
fuerza irresistible se acercó al puesto. El calor que desprendía el cucurucho
de papel de estraza calentó sus manos y sintió que su corazón latía con más
fuerza provocándole una inmensa satisfacción. A su lado, como en otros otoños,
su tía caminaba protegiéndola de cualquier amenaza.
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Rayuela
domingo, 17 de junio de 2018
CARTA A UNA AMIGA
Trabajo del capítulo séptimo del curso de escritura creativa.
Querida
amiga:
¡Cómo pasa el
tiempo! Ya he perdido la cuenta de los meses que han pasado desde la última vez
que nos vimos. Nosotras que compartimos una neurona a medias como tantas veces
hemos comentado para reírnos, esa fue una genialidad de tu pareja que descubrió
cuántas coincidencias había en nuestras vidas. Siempre que pienso en ti, cosa
que ocurre a diario, recuerdo aquella frase de Fray Luis de León, como
decíamos ayer, que hicimos nuestra, y es que nosotras tenemos una relación
que sobrepasa el concepto de la temporalidad. Podemos no vernos, no hablar, no
escribirnos, pero siempre estamos juntas, y esa es la magia de la verdadera
amistad.
Cuando nos
conocimos, más concretamente, cuando tú te fijabas en mí al entrar en el aula
en aquellas primeras clases en la facultad, nada hacía presagiar que
llegaríamos a tener en común tantas cosas. Unos meses después llegaste a decirme lo
estúpida que te parecí en aquellos momentos, y yo te confesé que me hacía
gracia tu intenso acento de pueblo, un deje peculiar que con el tiempo llegué a interiorizar de
tal forma que tu voz me evocaba la sierra gaditana, con esa forma cantarina que
tienes de contar las historias que parece que nunca vas a llegar al final de
tanto como te trasladas en el tiempo con el fin de dejarlo todo explicado a la
perfección. Tienes la habilidad de no perder el hilo y al final, después de mil
anécdotas y mil vueltas por el recuerdo, acabas contando lo que en
principio querías contar.
En casa, cuando llamas por teléfono, todos
saben que no estaré disponible hasta pasada una hora, por lo menos, y es que
tenemos tantas cosas de que hablar, querida amiga, que ya me tarda oírte.
Espero que los niños, porque para nosotras siempre
serán niños, estén bien. Dale recuerdos a David, y tú ya sabes, te mando el abrazo
de siempre.
Te quiero mi media neurona.
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Rayuela
miércoles, 30 de mayo de 2018
ESTE JUEVES: HISTORIAS FAMILIARES
Paco
y Sina viven en Cantalapiedra desde que contrajeron matrimonio, y desde el
principio se han ido adaptando a la vida tranquila de esta zona rural, adonde
los irrefrenables avances tecnológicos llegan con moderación, como si los
habitantes de este rincón se negaran a cambiar sus arraigados hábitos.
Paco
trabaja en el terreno que compraron cuando las tierras tenían precios
asequibles porque nadie quería trabajarlas. Él no pudo hacer la mili porque
nació con una pierna un poco más corta que la otra, pero apenas se nota su
cojera, sobre todo cuando pasea del brazo de Sina y ambos se balancean con la
misma cadencia.
Paco
y Sina tardaron unos años en tener su primer hijo, y no por falta de ganas, ni
de intentos, sino porque la naturaleza es así de caprichosa. Le llamaron Pedro
porque nació el día veintinueve de junio y para evitar problemas con los
abuelos decidieron bautizarlo con el nombre del santoral. De todas formas, las
relaciones con la familia de Sina no son buenas porque nunca llegaron a aceptar
su boda con un muchacho sin estudios y, como decía su madre con muy mala leche,
un poco tarado. Sina lo pasa mal por esta situación pero sigue pensando que la mayor
tara está en la mente obtusa de su madre.
Pedro,
al que todos llaman Pincho porque es extremadamente flaco, va siempre
acompañado de su perro, tan flaco como él, un galgo al que unos cazadores
dejaron abandonado en la cuneta porque ya no les servía para sus fines. Es un
niño alegre al que le encanta ayudar a su padre en las labores del campo, sobre
todo cuando toca arar y suben al tractor. Pedro va hablando sin parar, que si
cómo se llama ese árbol, que por qué el nido de la golondrina no es igual que
el del mirlo, que por qué la lechuza no duerme, y así un no acabar.
–Papá,
¿sabes que vi ayer en el río cuando fui con mis amigos por la tarde hasta la
pileta de la roca? ¡Oh, papá, son tan pequeños! Y no se parecen a las ranas.
Y se
queda pensativo por unos segundos y vuelve a la carga.
–Papá,
cuando yo nací ya me parecía a ti, a que sí. Y también un poco a mamá Sina.
Cuando sea mayor seré igualito que tú y yo conduciré el tractor, verdad papá.
Y
así una tras otra, sin parar. Y su padre lo escucha y sonríe.
Los
días pasan tranquilos en este rincón donde lo realmente importante es ser feliz
y lo único que altera un poco su vida, pero muy poquito, es la desaparición del
baúl de la tía abuela Mónica.
Esta semana estamos en el blog de Dorotea Lazos y raíces.
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Mis jueves
sábado, 26 de mayo de 2018
LA HUIDA
Fotografía de Diego Bernal Bugatto
Era una noche oscura y fría del mes de enero. Acostumbrada a
la rutina de mi vuelta a casa iba inmersa en mis pensamientos, con las manos
enfundadas en unos guantes de lana y la cara perdida entre el gorro y la
bufanda. No sé de dónde salió el hombre, debía estar oculto en las sombras de
aquella noche sin luna, en alguna esquina del laberinto de callejuelas que se
había ido formando a las afueras de la ciudad, pero nada más verlo saltaron
todas las alarmas y eché a correr como alma que lleva el diablo, corrí y corrí
sin pensar. Corrí sabiendo que me seguía a escasa distancia. Atravesé no sé
cuántas calles sin mirar atrás, solo quería avanzar, poner tierra de por medio
y alejarme del sonido de sus pasos, de
su respiración agitada. Me empezaba a faltar el aliento pero seguí corriendo,
cada vez más deprisa, ya había perdido la bufanda y el gorro, y en algún
momento también los guantes, pero no sentía frío, al contrario, sudaba y corría
y corría, dando traspiés, tropezando, pero sin parar, siempre mirando adelante,
con la vista puesta en una zona iluminada que intuía más segura. Hubo momentos
que lo sentí tan cerca que incluso pude oler su mirada en mi cuello, y eso me daba
fuerzas para aumentar la velocidad, a pesar del cansancio, y era entonces cuando
mis piernas extenuadas parecían recuperarse para seguir corriendo, corriendo
sin parar, sin pensar en otra cosa que en alcanzar aquella luz salvadora.
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Rayuela
miércoles, 2 de mayo de 2018
ESTE JUEVES: UN RELATO A PARTIR DE UNA IMAGEN
María
se había levantado temprano, siempre madrugaba, ver amanecer se había
convertido en su principal proyecto de futuro, se podría decir que en su único
proyecto, más allá todo se perdía en la negrura del miedo y la duda. Después de
calentarse el cuerpo con un café amargo como su vida, salió de su casa camino
de la capilla donde calentaría su alma y apaciguaría sus penas. Solo en aquel
lugar encontraba la paz que tanto ansiaba. Se arrodilló, esta vez sin amenazas,
delante del altar en el que varios querubines custodiaban a un ángel más
pequeño. Desde que a María se le malogró el embarazo que tanto había deseado,
acudía cada mañana a postrarse delante de aquellos niños alados pensando cómo
habría sido el hijo que no llegó a conocer.
Esta
vez iba a ser diferente, por nada del mundo pondría en peligro la vida del
nuevo ser que estaba gestando. Esta vez no se expondría a las patadas y los
golpes que venía sufriendo desde hacía ya demasiado tiempo. No comprendía en
qué momento su vida dio un vuelco y todo lo que habían soñado juntos se desvaneció
en el aire como el humo, convirtiendo su esperado paraíso en este infierno siniestro.
Esta vez no esperaría a que se le notara el embarazo porque entonces ya no
podría escapar de sus garras. Tenía que desaparecer sin que él tuviera
constancia de esta situación o jamás lograría deshacerse de su verdugo, y no
estaba dispuesta a permitir que su hijo creciera junto a ese ser iracundo y despiadado.
Ahora tenía ya un futuro a largo plazo, más allá de amanecer viva. Ahora otro
ser dependía de su fortaleza.
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Mis jueves
jueves, 26 de abril de 2018
UNA IMAGEN, UNA HISTORIA.
Relato basado en una imagen. Trabajo del capítulo 5 del Curso de Escritura Creativa.
Salimos a navegar antes del alba, los aparejos dispuestos
desde hacía más de una semana y acabado de cargar todo lo necesario la tarde
anterior. Las velas desplegadas aprovechando el poco viento que soplaba a esas
horas tempranas del día. El patrón del barco, un viejo marino de cara bronceada
y manos fuertes, nos había arengado al
zarpar, tenía la certeza de que sería una excelente campaña y los nuevos
marineros, casi todos muy jóvenes, se hicieron a la mar ilusionados. En tierra
quedaban otros barcos que zarparían horas después y la cala se vislumbraba
desde lejos como una ensoñación, las arenas húmedas, lecho de diminutos
cristales, cubiertas de barcas varadas que se escoraban levemente sobre uno de
sus costados, como dormidas. Los veleros, con los mástiles desnudos, el trapo
recogido y el bauprés apuntando a la
costa escarpada, como lanzas amenazantes. Desde la lejanía se
columbraba aún la torre de la iglesia con su domo plateado iluminado por la luz
de la luna que todavía alumbraba desde lo alto, perdiéndose poco a poco a
medida que la mañana comenzaba a imponerse. Las casas en la falda de la montaña
parecía que nos despidieran con sus ventanas iluminadas por los quinqués que
las mujeres colocaban cada vez que un barco se hacía a la mar en la oscuridad.
Al otro lado del monte, sobre un saliente, el faro seguía con sus intermitentes
ráfagas que callarían en cuanto apareciera el sol por el horizonte. Faltaban horas hasta que nos adentráramos en
alta mar, navegábamos despacio, al ritmo que nos marcaba el viento, a toca
vela. Nadie, salvo el patrón, sabía con exactitud a dónde nos dirigíamos, dónde
se encontraban los caladeros en los que comenzaríamos a faenar. Solo el patrón,
encerrado en su camarote, con las cartas marinas desplegadas, iba marcando el
rumbo y corrigiendo derivas. En cubierta se respiraba tranquilidad y algunos de
los nuevos habían empezado a palidecer afectados por el mareo pero lo
disimulaban asomados a la borda como si de pronto se pudiera ver el fondo
marino y los incalculables tesoros que las aguas custodian.
La campaña tendría una duración de veintiocho días y desde
que zarpamos no volveríamos a tocar tierra hasta pasado ese tiempo. Tendríamos
que soportar cambios bruscos de tiempo, tempestades, borrascas, y días de calma chicha, pero volveríamos con una
buena captura y nos recibirían como a reyes, las mujeres y los niños esperarían
en las rocas que rodean la cala, alegres y esperanzados, deseando ver a lo
lejos nuestro velamen inflado tirando con fuerza del velero y la magnífica
carga que atesoraríamos en nuestras bodegas.
Yo, sentado cerca del timonel, seguía tomando nota de todo lo que iba
aconteciendo. Era la primera vez que navegaría tantos días sin ver tierra pero
me había hecho el firme propósito de terminar de una vez la novela que llevaba
años rondándome el pensamiento.
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viernes, 20 de abril de 2018
RECUERDOS DE OTRAS TARDES DE AGOSTO
Ana sesteaba junto al pozo, a la sombra de la parra de la que
colgaban racimos de uvas moscatel ya maduras. El calor de agosto a esa hora era
pegajoso, y el zumbido monótono de las avispas, que andaban alrededor de los
granos picando el hollejo para extraer el néctar dulce, le producían un
adormecimiento muy agradable. Ana dormitaba
cuando la invadieron recuerdos de otras
tardes de verano, cuando era niña, cuando visitaba a su familia en la casa del
huerto. Los paseos hasta el río, el olor
seco que emanaba de la tierra caliente, el mugido lastimero que sonaba desde el
establo, lejano, como si el aire cálido impidiera el avance de aquella voz,
amortiguándola, el incesante sonido del girar de la noria, con la mula gris, vieja
y mal pelada, que no cejaba en su empeño de caminar sin llegar a ninguna parte.
Volvió a subirse al granado, correteó entre las plantas de maíz, y hasta pudo
oír el crujir de las hojas secas de las panochas. Sonrío al recordar cuando, en
sus primeros coqueteos, se pintaba los labios con el jugo purpúreo de las moras;
todas las chiquillas lo hacían provocando las burlas de los niños, pero ella lo
disfrutaba sintiendo ya a la mujer que la habitaba. La asustó, incluso al evocarlo,
el ruido estruendoso del motor del pozo al ponerse en marcha para llenar la
alberca del huerto, siempre le había
ocurrido, y sin embargo, en más de una ocasión, se había atrevido a bajar al
sótano donde estaba colocado, como enfrentándose ya a sus primeros miedos, en
un alarde de valentía. Un chorro a
presión salía por una cañería gruesa, y en unos minutos la alberca reflejaba en
el agua los rayos oblicuos de sol camino de su ocaso. Era entonces cuando el
conde, que solo lo era por el apellido, trasladaba desde su sembrado, lechugas,
coles, acelgas, y otras verduras que arrojaba al agua para que quedaran limpias
de tierra, y era allí mismo donde se
metía la chiquillería a refrescarse, jugando entre las hojas verdes y
tratando de no rozar mucho con los pies el suelo resbaladizo, cubierto por una
capa lamosa de verdín. En su mente adormilada, Ana volvía a oír las voces escandalosas
de los niños, y sus risas, y sonreía recordando aquellos momentos, y abría los
ojos para cerciorarse de que había vuelto a su patio, a su rutina consoladora,
al olor de la dama de noche que inundaba el aire ya más fresco del atardecer.
martes, 13 de febrero de 2018
LA TARDE SE MALGASTABA
Comenzó a amarillear la tarde. Poco a poco fue sucumbiendo a una oscuridad a esa hora inusual, delatando con sus tonalidades que en breve empezaría a llover. A pesar de todo no perdió la esperanza, quizá solo cayeran unas gotas y las nubes que habían estado amenazantes desde el mediodía, llevadas por un ligero viento de poniente, abandonaran con rapidez estos cielos huyendo a otras latitudes. Pero la evolución no fue la esperada, o la deseada, y lo que en principio comenzó con una lluvia casi imperceptible, un chispear sutil, de repente se convirtió en una cortina densa que se derramaba con saña sobre las calles empinadas de su calle. El agua golpeaba con fuerza los cristales de la ventana por la que se asomaba su tristeza, viendo cómo aquel torrentes se llevaba sus ilusiones.
Las horas siguientes fueron pasando y nada hacía presagiar que la situación fuera a cambiar. A ratos disminuía la intensidad del chaparrón pero no dejó de llover en ningún momento . La tarde se malgastaba. Por mucho que rogó y miró al cielo, la lluvia se había empeñado en quedarse a pasar la noche, y así lo hizo. A la tarde siguió una noche tormentosa, de aguaceros y chaparrones intensos, de truenos y atrevidos relámpagos que se colaban a través de las rendijas de la persiana, iluminando la inmensa pesadumbre que se había instalado en sus entrañas. Le costó conciliar el sueño y en su desvelo soñó con besos abandonados.
Curso de Escritura Creativa. Tema 1º: Los utensilios del escritor: Recursos narrativos. Recursos estilísticos. Herramientas temáticas. Herramientas físicas.
Preguntas sobre el texto: ¿Quién es el narrador? Definir la palabra "narrador". ¿Quién es el protagonista? ¿Es adecuado el lenguaje para la historia que se narra? ¿Se entiende el mensaje?
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Rayuela
jueves, 18 de enero de 2018
LA MAGIA DE LAS PALABRAS
Apoyó
los codos en la mesa y, sin quitar los ojos de la pantalla, metió la cara entre
sus manos. La notó caliente y pensó que sería bueno tener unos días de
descanso, era muy probable que se hubiera contagiado con algún virus el día que
tuvo que ir al centro de salud. Los pacientes que esperaban su turno no dejaban
de toser, y, aunque ella se había sentado alejada de la puerta de la consulta -que
es donde suele agolparse la mayoría- era evidente que el ambiente estaba
cargado de microbios.
Desde
que amaneció había estado pesarosa y algo cansada, el trabajo cada día se le
hacía más pesado y el solo hecho de sentarse a escribir, cosa que siempre había
sido un placer y una liberación, en esta ocasión le estaba pareciendo una tarea
tan ardua que no se veía con fuerzas para comenzar siquiera. Las ideas iban y
venían a su mente, pero ninguna era lo suficientemente fuerte, nada que
mereciera dejar volar los dedos sobre el teclado que se mostraba cercano
pero inalcanzable. Sería un día de esos
grises, de los que al llegar la noche acaban sin más, sin nada que guardar,
consumido, evaporado como el agua hirviendo sin la debida vigilancia. De
repente, como por arte de birlibirloque, vio que las palabras se habían ido
colocando de manera ordenada, formando frases que incluso tenían algún sentido
y pensó que realmente debía estar incubando una rara enfermedad.
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lunes, 18 de diciembre de 2017
NUNCA MÁS
Trabajo para Tertulia Rayuela del día 18 de diciembre de 2017.
Tan dolorosa es la pérdida y la ausencia que ello
conlleva, como la necesidad acuciante de
olvidar para soportarlas. Un año después de aquel aciago día seguía sin ser
capaz de desprenderse de los recuerdos que, si bien en ciertos momentos habían
sido un calmante para su locura, en otros se llegaban a convertir en estigmas
punzantes, en una hiriente agonía que la dejaba exhausta, sin fuerzas para
enfrentar su existencia. Los años
pasados no habían sido ni mejores ni peores, eran otros, diferentes, años que
no volverían, nunca más, como repetía incesante e inevitablemente aquel
desgarbado cuervo de ojos como tizones encendidos que visitó al poeta. Nunca
más aquellas noches frías de otros diciembres de nortes gélidos y lágrimas sin
penas. Nunca más aquellos días de fiestas en familia sin otros miedos que los
castigos amenazantes escupidos desde los púlpitos y las negras oscuridades de
peligros velados. Nunca más el tiritar de la mañana del seis de enero buscando
bajo las camas el abrigo de unos pies que nada más habían empezado el camino,
mientras, en la habitación contigua, ellos, los que ahora ya no eran, esperaban con más ilusión incluso, que el día apenas amanecido llenara de felicidad las miradas
inocentes de sus niños, miradas que seguían estando limpias de todo mal. Nunca
más volverían aquellos seis de enero, ni ningún otro día volvería a repetirse. Olvidar
o recordar era igualmente lacerante.
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lunes, 20 de noviembre de 2017
EN BLANCO
Hoy
no es el día. Hoy no lograba ni siquiera emborronar el folio que seguía blanco,
inmaculado, vacío como su mente. Lo miraba y se sobrecogía pensando que jamás
llegaría a escribir algo mínimamente aceptable. ¿Qué le mantenía aferrada a esa
inquietud por la escritura? ¿A quién le iba a interesar leer sus palabras con
la de palabras que pueden encontrarse mucho mejor engarzadas y con contenidos
más interesantes y atractivos? Podía engañarse a sí misma pensando que alguna
vez alguien valoraría lo que hacía, incluso se atrevía a soñar que un día vería
una obra suya en el escaparate de una librería. Son sueños de una ilusa se
confesaba íntimamente. Podía seguir intentándolo, pero qué sentido tenía contar
historias. Todo el mundo tiene historias propias a las que acudir. Qué magia
lograría que las de ella tuvieran interés para los demás. Y allí, sentada ante
el folio virginal, siguió pensando que quizá un día podría encontrar la
historia perfecta y las palabras adecuadas para contarla.
Ejercicio para la Tertulia Rayuela. Día 20 de noviembre de 2017.
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sábado, 30 de septiembre de 2017
ESPESA BRUMA
He querido viajar
hasta donde te supongo,
hasta la recóndita
tierra donde te malgastas.
Allí donde pueda
mirarte para entender
tu distancia.
He querido viajar
hasta donde te pienso,
quizá así, sin
palabras,
logre encontrar el
motivo que nos impide avanzar
sin muros.
He querido dejarme
a mí misma y entrar en ti,
hacerme un hueco
donde habité otro tiempo,
llegar hasta tu
aura que se resiste, frontera cerrada
y defensiva.
He querido indagar
en tus pensamientos,
pasear por tu alma,
y por tu cuerpo que se me niega,
más no veo camino
en la espesa bruma que te acorrala
y me confunde.
He querido ser
parte de ti sin dejar de ser,
sin renunciar, sin
matarme a propósito,
tratando de
entender qué fue de aquella mirada
primera
devorada por el
tiempo.
He querido
encontrar rendijas por donde hallarte,
seguir el camino de
tus labios yermos,
de tu mano que un día fue caricia oportuna
y consuelo.
He querido viajar
saltando el abismo de la renuncia,
el frío abismo de
la tristeza y la decepción,
el poderoso abismo
del desprecio.
He querido viajar
antes del olvido.
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miércoles, 9 de agosto de 2017
ESTE JUEVES : RELOJ QUE MARCAS LAS HORAS
De nuevo te
giro y veo correr lentamente tu sangre,
ajena a todo, me distraigo en el tiempo, tu tiempo,
y mi tiempo.
Tu arena fina alimenta una duna de pasado
que va amontonando recuerdos
mientras resta instantes a la vida.
Quién
le iba a decir a Don Antonio que un día no volvería a darle cuerda a su reloj.
Que su tiempo se había acabado y que serían otras manos las que se ocuparían de
hacer girar la llave para que las manecillas pudieran continuar su invariable
camino, segundo a segundo, siempre en la misma dirección, apuntando a los
números romanos de su esfera nacarada. Todas las semanas, el mismo día y a la
misma hora, él se dirigía con paso lento hacía el rincón de su cuarto donde
estaba colocado el reloj de metal, siempre brillante, pulido con netol y trapos
viejos de algodón. Desde mi cama oía el crujir de la cuerda enroscándose al
ritmo de la llave que mi abuelo hacía girar con parsimonia. Era todo un ritual
que el mismo tiempo marcaba. El tiempo al servicio del tiempo. Cada siete días
el reloj esperaba la mano protectora que le permitiría seguir adelante, otros
siete días, y otros siete, sumando siempre, y restando al mismo tiempo. Su
segundero suena a recuerdo, a niñez, a café recién molido, a mañanas de
inocencia, a ropa restregada en el lavadero de madera, a los pasos de mi abuela por la cocina, a la
luz del día entrando por la montera, a sábanas bailando en los cordeles del tendedero, a trapos soleando en los pretiles de
la azotea, al chisporroteo de la mariposa en el vaso de agua y aceite, a una
época que se ha llevado el tiempo y que el reloj de metal, hoy colocado en mi
patio, me trae con la misma calidez de entonces.
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Leonor
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Mis jueves
domingo, 6 de agosto de 2017
PARA SENTIR QUE AÚN ERES
No te tengo, ni siquiera a la distancia de las
palabras
como ha sido durante toda mi vida.
No tengo el sonido de tu voz,
ni la sonrisa que imaginaba en tu cara al oírme.
No tengo la esperanza de mirarte luego y ver la felicidad,
hoy no llegarán los besos.
No tengo más recurso que el quererte en la ausencia,
quererte como siempre, como al héroe,
como al padre, como al amigo, como al ser que me dio
mucho más que la vida.
Y te añoro con un inmenso dolor, todavía,
y cada día más.
No tengo el consuelo de la fe.
No tengo la certeza de un cielo nuestro.
No tengo nada que alivie mi desconsuelo.
A pesar de todo, felicidades en tu santo.
No tengo palabras suficientes para regalarte,
no me queda otro recurso que darte vida en mí misma
para saber que me oyes, para sentir que aún eres.
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Leonor
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Poemas
viernes, 4 de agosto de 2017
ESTE JUEVES: CARTA A MÍ MISMA.
Te
conozco, a veces, otras no sé si eres una invención del espejo. Sé que te gusta
oír el repique de campanas y mirar la luna. Conozco ese palpitar tuyo cuando
saboreas la vida, y también sé de tus momentos silenciosos, cuando no acierto a entender si
estás o te has ido. Sé que te ignoro cuando me conviene y te llamo en las
noches solitarias, cuando nos quedamos a solas, cuando realmente necesito que
estés ahí porque lo contrario sería no estar de ninguna manera. A veces no te
siento y creo que todo ha acabado, y que yo, asustada, me
niego a abandonar este lugar por miedo a lo desconocido, y me aferro a un
fantasma que deambula por las mismas calles agujereadas, por los mismos caminos
pedregosos. Tú piensas y yo actúo, a veces contradiciéndonos, ignorándonos la
una a la otra para no caer al vacío de las incomprensiones. Tú me inventas cada
día para sacarme de un estado eterno de melancolía, para que no note que me
muevo en una rutina pegajosa. Te miro y no encuentro la forma de llegar a ti y
consolarte, y consolarme. Y renuncio a ti cuando te empeñas en llevarme la
contraria, alejándome a la distancia de un pensamiento. Me reprochas y me
animas, me quieres y me desprecias según el día, y son las noches las que nos reconcilian,
a veces, cuando a solas procuramos un punto de encuentro. Hemos hecho ya mucho camino
juntas, a pesar de las divergencias, y sabemos que estamos obligadas a ir en la
misma dirección. Si me alejo procura no perderme de vista, yo miraré siempre si
sigues ahí, a un paso de mi sombra.
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Leonor
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Mis jueves
jueves, 29 de junio de 2017
ESTE JUEVES: ELIGE UNA FOTO
Imparables las manecillas, segundo a segundo, tic tac, tic tac, tic tac siempre apasionadas servidoras del tiempo, incansables, adictas al acompasado sonido, tic tac, tic tac, sumando segundos, restando minutos a la vida, paso a paso. Se nos acaba el tiempo disponible, nos acercamos al último segundo. Cada esfera muestra un instante, un recuerdo, un temor, una sonrisa, un momento. Sigue adelante, no te detengas, tic tac, tic tac, no puedes parar, ni siquiera puedes volver un segundo atrás, sigue sin alterar la ruta marcada, circular, sin salida ni entrada, redonda como la luna llena de blancura nacarada. A veces bruna como su cara oculta. No te puedes desviar, tu camino es inalterable como la elíptica de ella, sin encrucijadas, no intentes pasar al otro lado. Tic tac, tic tac, adormeciendo el tiempo que se pierde entretejiendo olvidos. Tic tac, tic tac, se evaporan los recuerdos en una maraña de dudas deshilachadas, de miedos devoradores de sueños, tic tac, tic ta, siempre al mismo compás engañoso. Marcando inexorablemente ese tiempo que se termina para unos, que comienza para otros. Tic tac acelerando, tic tac, tictac,tictac...y un último tic... tac. Silencio. Olvido. Nada.
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Mis jueves
domingo, 25 de junio de 2017
CIERRE CONVOCATORIA JUEVES 22 JUNIO
Llegado el domingo me dispongo a dar por concluida mi convocatoria al jueves día 22 de junio. Gracias a todos los participantes y a los amigos que sin haber podido participar han estado leyéndonos y comentando los relatos.
De todo lo leído saco la conclusión de que las tentaciones que más nos cuenta rechazar son las relacionadas con el amor y la buena mesa.
María Perlada nos ha presentado a una enfermera que se toma muy en serio lo de poner bien a sus pacientes; Yessy kan ayudó a una mujer a desinhibirse, entrando a conocer nuevas experiencias; Campirela nos ha hablado de la ilusoria memoria de los olores incapaz de olvidar el aroma de unos manjares; con Fabián nos sorprendimos al final de su relato haciéndonos caer de bruces delante de una tienda de apetitoso escaparate; Charo nos ha contado que es difícil resistirse a la tentación de una humeante chimenea cuando el frío nos congela el cuerpo y el alma; Mag nos ha hecho sentir las ansias de placer del que hizo de una mujer su religión; San ha dado un toque de atención para que tengamos en cuenta las consecuencias que tiene sucumbir a la tentación del sexo comprado; Karina nos ha adentrado en las ocultas tentaciones que pueden ocultarse en una iglesia; Roxana nos ha divertido con las ocurrencias de un loro que no se resistió a unas galletas aunque estuvieran recién sacadas del horno; américa JD nos mostró el poder de algunas miradas; Tracy nos contó la despedida en la noche a un amante que debía volver a sus responsabilidades; con Mónica hemos disfrutado de un excelente relato que a mí me engañó hasta el final; Rhodea Blason nos ha contado lo que es un amor lleno de complicidad; Miralunas nos ha versado sobre las pasiones; Juan Carlos nos llevó de excursión a un lugar precioso y nos presentó a Eva y al guerrero celtíbero; Demiurgo como siempre nos ha trasladado a otras dimensiones donde hemos comprobado que tentaciones hay en todas partes.
Gracias nuevamente por participar y os dejo con Charo en el blog ¿Quieres que te cuente?, donde ya está la propuesta del jueves 29 de junio.
Feliz semana. Un abrazo.
Leonor
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Leonor
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Mis jueves
miércoles, 21 de junio de 2017
ESTE JUEVES: CAER EN LA TENTACIÓN
Una vez
fuimos la tentación
Aplacarán los días en mi mente la
locura por tu ausencia
tantas veces anunciada
Se perderán en el pasado los recuerdos
pesarosos
y el viento alejará las palabras
desatinadas
las promesas sin sentido
Las lluvias borrarán las huellas de
los encuentros
Cesarán las noches de
insoportables vigilias
y de llantos sin consuelo
Se morirán nuestros sueños convertidos
en sueños de olvido
se cerrará el espacio a la esperanza
Sin embargo nunca debilitará el tiempo
el recuerdo
de que una vez fuimos la tentación
Nunca olvidarán mis labios el roce de
tus labios
ni mi boca podrá olvidar tus besos
no desaparecerá el tacto de tus manos
en mi piel
ni las caricias de tus ojos a mi
cuerpo
no quebrará mi memoria que me amaron tus miradas
que me poseyeron tus versos
que una vez fuimos una ansiada tentación
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Leonor
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