sábado, 26 de mayo de 2018

LA HUIDA




Fotografía de Diego Bernal Bugatto


Era una noche oscura y fría del mes de enero. Acostumbrada a la rutina de mi vuelta a casa iba inmersa en mis pensamientos, con las manos enfundadas en unos guantes de lana y la cara perdida entre el gorro y la bufanda. No sé de dónde salió el hombre, debía estar oculto en las sombras de aquella noche sin luna, en alguna esquina del laberinto de callejuelas que se había ido formando a las afueras de la ciudad, pero nada más verlo saltaron todas las alarmas y eché a correr como alma que lleva el diablo, corrí y corrí sin pensar. Corrí sabiendo que me seguía a escasa distancia. Atravesé no sé cuántas calles sin mirar atrás, solo quería avanzar, poner tierra de por medio y alejarme del sonido de sus pasos, de su respiración agitada. Me empezaba a faltar el aliento pero seguí corriendo, cada vez más deprisa, ya había perdido la bufanda y el gorro, y en algún momento también los guantes, pero no sentía frío, al contrario, sudaba y corría y corría, dando traspiés, tropezando, pero sin parar, siempre mirando adelante, con la vista puesta en una zona iluminada que intuía más segura. Hubo momentos que lo sentí tan cerca que incluso pude oler su mirada en mi cuello, y eso me daba fuerzas para aumentar la velocidad, a pesar del cansancio, y era entonces cuando mis piernas extenuadas parecían recuperarse para seguir corriendo, corriendo sin parar, sin pensar en otra cosa que en alcanzar aquella luz salvadora.



3 comentarios:

Ester dijo...

Me has hecho sentir miedo y correr, un relato muy real. Abrazos

Manolo Ruiz dijo...

Un relato que gana interés desde las primeras líneas, haciendo acompañar a la protagonista, deseando un final feliz. Qué bien escribe.

Enrique Rojas Guzmán dijo...

Y la luz salvadora se hizo, al fin. Magnífico texto