sábado, 17 de septiembre de 2011

MIS HIJAS Y MI HIJO



   Orgullosa es un vocablo pobre de contenido para describir como me siento cuando los miro. Es algo más grande.
  Nadie enseña a ser madre, se aprende siéndolo y yo lo fuí pronto, a los dieciseis años. Acababa de cumplirlos cuando llegó al mundo mi hija Elisabet. Es guapa por fuera y por dentro. Es una mujer valiente, una madre dedicada en cuerpo y alma a sus hijos, (mis adorados nietos), una hija atenta y preocupada por sus familiares y una cualificada profesional que jamás a presumido de serlo.
 Parirla fue la experiencia más intensa que había tenido hasta entonces, y hoy aún lo puedo recordar con todo detalle. Desde las primeras contracciones hasta que la tuve en mis brazos. Una larga noche, una dolorosa mañana y un rato de miedo a lo desconocido con el final más gratificante, una niña hermosa, rosada, perfecta, de más de tres kilos. Fuí una de tantas adolescentes que son madres sin proponérselo. Han pasado muchas cosas desde entonces pero respecto a mi maternidad no cambiaría nada.
   Mi segunda hija, Patricia llegó casi cuatro años después. Salió disparada de dentro de mí, con prisa, madrugadora, a las siete de la mañana, y rompió a llorar apenas vió la luz. Así sigue. Es un torbellino, jamás pasea, ella camina rápido, pisando fuerte, y mientras camina, mira y proyecta, escucha, programa, estudia, vigila, comunica. Abogada de profesión y consejala por compromiso. Es diplomática, inteligente, trabajadora y muy generosa. Y como puede verse, muy atractiva. 
  Mi hijo Diego llegó mucho después, no estaba en mi mente volver a ser madre, pero me pudo esa fuerza natural que sale de las entrañas y te pide volver a sentir el llanto de un bebé. Y bueno que lo sentí, fué llorón hasta hartar. No había forma de llevarlo a pasear en el coche de capota, siempre cogido en brazos, sobre el hombro como un fusil. Se dormía balanceándolo al son de marchas procesionales. A las siete de la mañana ya tocaba diana y no había forma de dejarlo acostado. Estaba deseando que llegara mi hija del instituto para que me lo quitara de encima y poder hacer alguna cosa en casa.
   En cambio ahora es un muchacho silencioso, callado, jamás levanta la voz, no discute ni contesta mal, es respetuoso. Tímido e introvertido. Muy inteligente y cumplidor de sus responsabilidades. Será un buen matemático. Es moreno, alto como lo es esta generación, y guapo, que eso ya es causa genética.
  Que es pasión de madre, puede, pero los defectos que pudieran tener no los voy a decir yo, ya se encargarán otros. Yo no los veo.


 

2 comentarios:

Mari Carmen dijo...

Qué lindos son, Leonor. No me extraña que estés orgullosa de ellos. Y ellos de ti, estoy segura :)

Un abrazo y feliz sábado.

Anónimo dijo...

Unos hijos estupendos.
Como su madre, maravillosa!!!