domingo, 25 de septiembre de 2011

EL FANTASMA DE LA CALLE OSCURA



   La calle se había oscurecido hacía ya unas horas. Las únicas luces que alumbraban eran las escasas bombillas que colgaban de unos platos de metal que estaban situados en los cruces de calles, en las esquinas, el resto de tramos permanecía en las sombras.
   Como cada noche, los vecinos se asomaban discretamente a los ventanucos del cierro y amparados por las cortinas esperaban la aparición misteriosa de la solapada silueta.
   Esperaban expectantes, sumidos entre la curiosidad y el miedo, pero no por eso dejaban de estar ahí día tras día, mejor dicho, noche tras noche. Quizá alguna vez en lugar de dirigirse a la casa de siempre podría acercarse a las suyas, a alguna otra, a la de cualquiera de ellos. Era una posibilidad a tener en cuenta.
   La figura era espectral, un cuerpo desgalichado, con una amplia capa negra que le cubría desde los hombros al suelo, botas sigilosas y un holgado sombrero que tapaba totalmente la cabeza. La cara embozada tras un trozo de tela del capote. Los andares desgarbados a pasos ligeros delataban su prisa por llegar al lugar escogido. La mirada vigilante, avizora. Los movimientos torpes, atropellados.
  Doblaba la esquina que daba a los callejones del matadero y recorría dos tramos de la calle pegado a la pared, esquivando la poca iluminación que había al cruzar la esquina. Se acercaba cauteloso a la puerta de la casa que permanecía entreabierta. Miraba a ambos lados de la calle y entraba encubierto por las tinieblas.
   Los vecinos, cuando le veían desaparecer, se retiraban a descansar, tranquilos porque una vez más ninguno había sido escogido para las oscuras intenciones del malévolo espíritu.
   Por la mañana, las vecinas comentaban los acontecimientos ocurridos la noche anterior y como siempre se santiguaban dando gracias por haberse librado una vez más.
  Cuando la viuda que vivía en la casa que visitaba el ánima, se acercaba al grupo, todas la miraban esperando ver alguna señal de temor, quizá señales corporales que mostraran su lucha contra el habitual intruso, pero la mujer pasaba por su lado diligente, con una media sonrisa que confundía a las convecinas. Caminaba erguida, vestida con elegancia, pisando con seguridad las aceras de su calle. No parecía aterrada ni pesarosa, cualquiera diría que se veía feliz.
   Las señoras se dispersaban dirigiéndose cada cual a sus quehaceres. Pensativas. Esperando que de nuevo la oscuridad inundara sus pensamientos con la intriga de ser o no ser visitadas por el fantasma.




Esta historia, a la que he dado un toque personal, la oía contar por las noches a las gentes de mi barrio. Yo era una niña y quizá no cogía el tono irónico con que se hablaba de lo que sucedía. Se decía que un fantasma tenía asustadas a las vecinas de la calle de atrás de la mía y que dicho fantasma entraba escondiéndose en alguna casapuerta. El caso es que a mí me aterrorizaba y, quizá por eso se quedó grabado en mi memoria.

4 comentarios:

Lola y Mari Carmen Polo dijo...

:)De ese tipo de fantasmas también oí hablar a mi madre que lo había en su pueblo. Me encanta la entrada, Leo

Un beso

Lola

Mari Carmen dijo...

Jajaja, claro que estaba feliz la doña, como para no estarlo :) Mucho fantasma ha habido siempre, me temo, para gran regocijo de viudas y de otras damas.

Un abrazo, Leonor.

Verónica dijo...

Aaaaah! Muy intrigante la historia fantasmal... en el barrio de mi madre, cuando era niña, había unas cuantas doncellas embarazadas por el pis que un fantasma dejaba en un WC ¡Y NO ES BROMA!

Te dejé un comentario y mil gracias en tu otro blog.

Beso.

Leonor Montañés Beltrán dijo...

Cuántos fantasmas por todos los barrios!. Parece que realmente existen y además el del barrio de tu madre debía tener angurria. Un beso Verónica.