domingo, 10 de marzo de 2013

UN AÑO YA




No voy a perder el norte. Ahí está mi veleta.

Ayer hizo un año de mi operación, cómo corre el tiempo. Recuerdo mi viaje hasta Sevilla. Luego muchos momentos borrosos en mi memoria, la salida del quirófano, los días de UCI, las visitas de familiares....cuando pasé a planta aún tenía alucinaciones a causa de la morfina, hay cosas que no sé si pasaron en realidad o son sueños.
Ha sido un año de tratamiento para evitar recidivas y de revisiones para detectar a tiempo cualquier anomalía. Y tengo que seguir así durante algunos años porque hay que vigilar de cerca este agresivo bicho, pero estoy contenta, no me importa tener que soportar pinchazos y radiaciones, lo importante es vivir. 

Desde aquí mando un mensaje de ánimo a todos los que estén pasando por una enfermedad tan dañina, que sientan la fuerza de la naturaleza, el cariño de los familiares y amigos, que sean fuertes y piensen siempre que pueden vencerla.



miércoles, 6 de marzo de 2013

ESTE JUEVES: EL VIENTO




OLORES QUE TRAE EL VIENTO

  Las gentes de mi isla están acostumbradas a los vientos, a los fuertes vendavales de levante, al húmedo viento del sur, a los ponientes suaves y, un poco menos,  a los frío nortes. Desde siempre el levante ha estado ligado a nuestra forma de ser. En cierta ocasión me dijo una gitana,  -"n'ezte pueblo hay muxo zuicidio por curpa der levante que mos trae loco". No sé si aquella mujer contaba con datos estadísticos, cosa poco probable, o si era adivina, que es más propio de su etnia, pero es cierto que es un viento que aturde, que cuando sopla durante varios días nos desquicia. Además suele asistir a todas nuestras celebraciones, no hay fiesta en la que no esté presente, acude el primero a la Feria del Carmen, nos acompaña en la Semana Santa, para desesperación de los "enciende velas", pasa largas temporadas del verano soplando en la playa, llevándose por delante toallas, sombrillas, sillas, pelotas, y cuanto pueda trasladar de un sitio a otro, a la vez que, cual máquina de chorreo natural nos golpea sobre la piel con una inaguantable intensidad. Es molesto pero forma parte de nuestra vida, sin él no estaríamos rodeados de salinas, un entorno inigualable, ni vendrían a nuestros esteros las aves que tanto embellecen este paisaje.
  Pero de lo que quiero hablar es de los olores que nos traen los vientos, cuando sopla el sur se huele el mar, humedad y sal, aire fresco que pronostica lluvia. Son olores de marisma, de sepina, de fangos, de esencia misma de esta isla, olores que en las tardes de primavera se mezclan con el azahar de los naranjos que adornan las calles, símbolo de nuestro pasado andalusí. El viento del sur trae efluvios de tierra mojada, y aroma de incienso que se adelanta a la semana santa.  El viernes santo siempre está amenazado por aguaceros que obligan a los cofrades a estar atentos al cielo mientras consultan nerviosos el pronóstico del tiempo.
  El norte huele a frío, a nieves, a chimenea, a bufanda y guantes. Llega desde tierras heladas, viene buscando la calidez de la costa gaditana. Los días de norte, los cañaillas(1) nos acobardamos, no estamos acostumbrados a las bajas temperaturas y vamos por las calles como "alma que lleva el diablo", no paseamos, corremos.
  El poniente es un viento tímido que suele aliarse con el sur para empujar las nubes  que llegan del oeste, habitualmente no es impetuoso aunque a veces llega con una energía inusitada. Con el poniente se soportan bien los inviernos y se puede vivir en verano, permite pasear y disfrutar de la playa y no nos obliga a parar nuestro ritmo porque es un viento favorable. Diría que el poniente huele a tranquilidad, a suaves brisas marinas, a alegría y diversión. 
  El levante es un viento árido, que nos reseca la garganta y nos alborota el pelo. El viento del este se respira cálido y polvoriento. Huele a salinas, a sepina seca de las marismas, a ráfagas de hedor de los desagües en los caños. Es un viento que nos abrasa durante los días de verano pero que refresca los atardeceres, es entonces cuando los isleños nos vamos a la calle a respirar, y sentimos el aroma del adobo, ese penetrante olor que sale de las freidurías repartidas por muchas zonas de la ciudad, que inunda nuestras calles, que insufla nuestros sentidos, es un olor arraigado a nuestra cultura, esencia que se ha acomodado entre nosotros ajena al viento que sople, porque  las tardes de la isla siempre huelen a bienmesabe(2).


(1) cañaílla: Aunque el gentilicio de los habitantes de San Fernando es "isleño", popularmente se nos conoce como "cañaíllas", nombre de un molusco que prolifera en nuestra zona.
(2) bienmesabe: Cazón cortado en rodajas y metido en un adobo a base de ajo majado con comino, sal y vinagre que luego se rebosa en harina y se fríe en abundante aceite de oliva. 



SINFONÍA DEL VIENTO

Baila la veleta sobre su pie inherente
y el sonido metálico se filtra entre mis sueños.
Susurran las ramas del olmo
quedas palabras de aquiescencia.
El aire emite agudos silbidos 
 meciendo las copas de los cipreses.
La persiana golpea la ventana de poniente,
a intervalos isócronos,
marcando el tiempo.
Silba el aire en las rendijas del batiente. 
Suena la bucólica sinfonía de trinos y gorjeos,
de cantos y cacareos.
 Marramiza un gato enamorado,
 graznan los gansos de una bandada.
Interviene la chicharra acompasada
siguiendo el ritmo de los frutos del madroño.
Suenan balidos de las sumisas ovejas.
Y ladra el perro dirigente.
Sobre los pinos entona
 sus gemidos una tórtola.
Me envuelve una nube de sonidos inconexos
 que se funden en una sinfonía infinita.
Grandiosa composición
sin partitura escrita.





Huracanes y vendavales en casa de Juan Carlos  Aquí




lunes, 4 de marzo de 2013

LUNES: BELLEZA MASCULINA






Soy Lunera y me alegro cuando llega el lunes, la propuesta de hoy, que llegó por adelantado, es la belleza masculina. Como nuestra amiga Natàlia, nos ha regalado una amplia selección de cuerpos desnudos, más o menos atractivos, y nuestro amigo Alfredo se ha ido por los cerros de Úbeda mostrando un peludo macho, muy mono por cierto, yo os he traído el macho más fiel que he conocido y el que más me mima. Os dejo unas cuantas instantáneas de su vida a mi lado.



Este es mi perro de aguas llamado Koko, algunos ya lo conocéis porque suelo dedicarle muchas entradas.



En estos momentos tiene el pelo larguísimo pero como hace tanto frío estoy esperando para llevarlo a la peluquería. Ayer le puse esta camiseta de superman  para que no se mojara los pelos de la barriguita en la calle porque no paraba de llover. Estaba para comérselo. Y es tan noble que se deja hacer de todo.


¿Verdad que está gracioso? 


Es guapo lo mires como lo mires.


Y elegante como el solo.


Le encanta salir a pasear por el campo.


Y subirse a mi cama...el muy canalla.


¡Pero es tan cariñoso! Ahí lo veis con su hermana Trufa cuando llegó a casa, durmiendo entre sus patas.


Soportó los juegos de la pequeña con gran paciencia.


Jugando en la playa se lo pasan de miedo, luego hay que pasar por el tren de lavado y secado, que ya no les hace tanta gracia.


Para no ser pesada paro aquí, pero seguiría hablando de mi amigo durante horas.
Feliz lunes y feliz semana.






miércoles, 27 de febrero de 2013

EL SOLDADO CON SED





Se encontraba una vieja sentada en un poyete a la puerta de su casa cuando pasó un soldado que venía de tierras lejanas. El joven que venía harto de caminar por senderos terrizos y bajo un abrasador sol, se acercó a la vieja con la intención de solicitarle algo para saciar la sed que lo estaba matando, y había visto que la mujer tenía a su lado una cantarilla. Así fue como el muchacho se dirigió a la vieja y le dijo: -Le importaría darme un poco de agua que vengo sediento del camino. La mujer se apiadó del muchacho y le ofreció la cantarilla que tenía un borde roto. El soldado, cuya sed era mucha pero era escrupuloso,  pensó que la vieja bebía del mismo botijo y le dio asco, pero al darse cuenta de la mella en el filo se dijo que bebería por dicho lugar ya que ella lo haría por un sitio no estropeado.
Cuando terminó de beber la vieja le dijo: - ¡Ay, qué gracia tiene! Ha tenido el mismo gusto que yo, que siempre bebo por ese sitio.


domingo, 24 de febrero de 2013

ESTE JUEVES: SALTÁNDOME LAS NORMAS






En el pequeño poblado de Sancti Petri había pocas diversiones, solo aquellas que las imaginativas mentes de los niños podían crear. Ni cines, ni parques infantiles, ni cafeterías. En la plaza central se encontraba la iglesia en la que figuraba un azulejo con San Pedro y un gran atún, claro símbolo de aquel lugar, donde el  trabajo más importante era el que reportaba el paso de aquellos túnidos por la zona. Allí se pescaba con el método de Almadraba y desde el muelle, por medio de unas vías, corrían las vagonetas cargadas de atunes hasta las mismas puertas de la fábrica de conservas. En este pueblo, salvo unas pocas familias, todos eran temporeros que volvían a sus ciudades de origen en cuanto acababa la pesca. De los fijos estaba la maestra que se encargaba de la enseñanza, el dueño del ultramarinos, "Paco la Finca", donde se compraban algunos víveres y se reunían los hombres tras las jornadas de trabajo para tomar una chiquitas de buen vino de Chiclana. Por las mañanas, las verduras, las frutas, la carne y el pescado eran transportados en burros desde Chiclana o Conil hasta el mercado del pueblo que contaba con unos cuantos puestos con una gran losa de mármol donde colocar las mercaderías. 
El paseo de los jóvenes era un estrecho camino desde la salida del pueblo hasta una curva que había a unos dos kilómetros, flanqueado a un lado por la playa, al otro por los esteros.
Don Antonio, el farero era un hombre de carácter serio y gran defensor de las normas, sus hijos estrictamente educados debían tener siempre un comportamiento ejemplar. Las niñas no podían salir solas hasta el paseo y en verano, cuando todos los niños jugaban en la playa y atenuaban sus calores con los baños en el mar, ellas tenían que bañarse junto a la casa, siempre bajo la atenta mirada de su madre que las esperaba con una toalla, para que el tiempo de estar en bañador expuestas a alguna mirada fuera el mínimo. 
Todos los meses, el farero tenía que ir a Cádiz para solucionar asuntos relacionados con su trabajo y para cobrar el sueldo que se pagaba en mano. No volvía hasta el día siguiente y esas jornadas eran de fiesta en la casa. Los hijos de don Antonio disfrutaban alejados de la autoridad del padre. Su madre, más permisiva, les permitía saltarse muchas de las normas impuestas. Podían salir a jugar a la plaza, a correr por la arena de la playa, iban a coger almejas, cangrejos y mejillones en las rocas del espigón y se alteraban los horarios rutinarios. 
 Cada cual comía según su capricho. -Mamá, yo quiero leche migá. Y Mari Pepa hervía la leche de las cabras que criaban en los terrenos de la Batería de Urrutia y preparaba un gran cuenco de dulces migas. -Pues yo quiero poleás, y la mujer cocía harina en la leche hasta que el líquido se espesaba y formaba burbujas explosivas,  luego las servía aromatizadas con canela. Otros preferían café y pan tostado con aceite, otros natillas con galletas y merengue, y la madre satisfacía y mimaba a sus siete hijos. 
 La diversión era saltarse las normas, ni horarios ni rutinas, nada de estar en la mesa a las dos, ni de esperar a que todos acabaran de comer para poder levantarse. La sobremesa era relajada sin prisas para recoger la mesa y fregar los cacharros, cosa que era obligación de las niñas pero que ese día estaban dispensadas porque la madre les permitía salir a pasear con sus hermanos.
Cuando el padre estaba en casa los muchachos podían salir hasta la plaza del pueblo mientras las chicas debían quedarse acompañando a su madre dedicándose  a las labores.
Con la cena pasaba como con el almuerzo, que era a la carta, y la hora de irse a la cama se retrasaba dejando a los pequeños que corretearan por los alrededores de la casa hasta que el cansancio les traía agotados en busca de los mullidos colchones de lana que todas las mañanas habían sido bien estobados para quitarle los huecos y dejarlos de nuevo bien esponjosos.
Esa noche los más chicos se podían acostar en la cama grande con su madre que les contaba cuentos e historias hasta que la respiración pausada de los niños le delataba que ya estaban dormidos.
Al día siguiente, con el regreso del padre, todo volvía a la rutina, a la vigilancia de las normas, pero al mes siguiente tendrían nuevamente el esperado día de "saltarse todas las normas".





Si queréis ver cómo la gente se salta las normas visitar:  El blog de Gus