lunes, 28 de marzo de 2016

EL PARAGUAS




Relato inspirado en esta imagen.

El día había estado gris, cubierto desde el amanecer por un denso manto de nubes oscuras que a intervalos cortos fueron jarreando sobre las calles intensos chaparrones. La tarde oscurecería  antes de lo que suele hacerlo en esta época del año.  Los días nublados entristecen, pensó Paula, y se refugió en su rincón de lectura donde solía pasar muchas horas. Cogió el libro que estaba apoyado en la mesita, lo abrió por la página marcada y se dispuso a disfrutar de la historia. Sobre la mesa humeaba una infusión de té verde aromatizado con pétalos de rosas y flores de jazmín.
 A pesar de lo desapacible del día, ella, una mujer de rutinas, no pudo renunciar a su paseo diario por la orilla del mar. Dentro de poco la oscuridad se iría adueñando de la luz y borraría los perfiles de la ciudad que quedarían marcados por la amarillenta iluminación de las farolas del paseo. 
Llegado el momento del ocaso, el sol no quiso desaparecer sin despedirse y se abrió en el horizonte una franja de luz como una pincelada refulgente que separó la cortina atezada, del fondo montañoso, y todo quedó iluminado por los dorados rayos que resbalaron sobre las aguas extendiendo sus matices ocres sobre la arena que en ese momento se asemejó al cielo. Su alma agradecida se sumergió en el calmoso mar y se dejó llevar por aquel camino de luces.  La espuma de las olas acariciaba con suavidad su piel desnuda, libre ya de toda tristeza, inundados sus ojos por la belleza de tan mágico atardecer.




2 comentarios:

Manolo Ruiz dijo...

Un precioso relato. Da gusto leerlo.

censurasigloXXI dijo...

Es la magia de la naturaleza, lo mismo me produce la orilla del mar en invierno, con frío, lloviznando, al amanecer... siempre que el mar me acepte y nadie más haya en la cercanía.

Un beso, compi.