jueves, 13 de agosto de 2015

ESTE JUEVES: UN LARGO CAMINO RECORRIDO




Sentado en su butaca le encuentro todas las tardes, pendiente de algún programa de televisión que tiene puesta a toda voz porque su oído está algo gastado, son los pequeños achaques que va teniendo, como que las piernas le duelen y se cansa cuando quiere andar deprisa como ha hecho toda la vida, o que unas cataratas lo desestabilizan cuando camina sin ver claramente el suelo donde pisa. Pero en general está perfecto y su memoria es prodigiosa. Hablamos de sus recuerdos. En su mente está todo bien almacenado. Nació en una bonita casa de la calle Gravina, una casa de portada con chambrana, hornacina y reja, una casa de almenas blanqueadas como fueron muchas casas de nuestra Isla. Añora la época de sus primeros años que  vivió entre su casa y la de unos parientes que vivían cerca, años de niño que siempre son recordados con nostalgia. Luego conoció lo que significa una guerra fratricida, vio cómo algunos amigos salieron de sus casas escoltados y no volvieron más. Cuenta que por las noches su padre cerraba las puertas de madera de la casapuerta con el cerrojo de hierro y la aseguraba con una tranca de recia madera. Se oían tiros por las calles cercanas y las mañanas siempre eran de luto para algunas familias del entorno. Cuenta que tras esos años de terror vinieron otros casi peores porque seguía habiendo miedo, miedo y hambre y escasez. 
Durante unos segundos se queda pensativo y continúa: - Mi padre para ahorrarse el dinero del tranvía iba andando hasta la Clica y traía en la talega del costo un puñadito de carbón de la Carraca que mi madre utilizaba para guisar, era poco carbón pero la agudeza se multiplica cuando hay necesidad y se hacían unas bolas de barro cogido en el Barrero que mezcladas con cisco y secadas al sol, servían para encender los infernillos. 
Y a pesar de todo,  los años pasaron veloces, estuvo en la Academia Ramos, después en los Hermanos de la Salle y entró de aprendiz en la Constructora Naval. 
-¿Cómo han volado tanto años?, me dice, y sigue su historia con la alegría del recuerdo de los años de la juventud, de la mili en los Mixtos, de la gente buena que encontró en aquellos meses de servicio a la Patria, personas como aquel teniente que le prestaba su bicicleta para ir hasta Sancti Petri donde vivía su novia, hija del farero del Castillo, y de la gente sin miramiento, unos malnacidos que le hacían la vida imposible a él y a todos los que no cumplieran con sus caprichos de militar amargado.
Cuarenta y cinco años de trabajo, madrugando diariamente, echando horas para traer un sueldo digno, comiendo en los comedores de Bazán, usando el transporte de la empresa, soportando jefes cada uno de su padre y de su madre, y por fin el día de la jubilación. 
- A los sesenta y dos años me vine, libre para dedicarme a mi afición de coleccionista, un hombre joven, porque esa edad es nada comparada con los noventa que cumplo hoy. 
-Y con qué velocidad ha pasado este tiempo, no puedo creer que ya sean veintiocho años los que llevo sin tener que ir al trabajo. No me lo creo, aunque sé que es así, no puedo creerme que la vida se me haya escapado de esta forma. 
Y se queda cabizbajo y pensativo mientras niega una y otra vez que sea posible.



8 comentarios:

MOLÍ DEL CANYER dijo...

Una vida dura y entrañable, y un legado: sus recuerdos. Una gozada que aun conserve la memoria, cuando no es asi no nos queda otra que ser guardianas de sus recuerdos. Precioso relato.

* dijo...

Me doy cuenta de que todos nuestros abuelos han vivido lo mismo, con mayor o menor memoria, pero voy leyendo y veo retazos de los míos en cada uno de ellos, sin embargo, yo no guardo en mi memoria relatos así, aunque seguro que los he tenido, pero creo que debe ser porque tenía que hacer sitio para nuevos.
Un beso enorme.

Tracy dijo...

Como verás, creo que la que cuentas es más o menos la realidad de tu padre, no se diferencia mucho de la ficción que he relatado, con sus diferencias ¡claro!.
Esa era y es la vida, ¡qué pena!

Alma Baires dijo...

Habría que escucharlos más a estos abuelos, tal vez así aprenderíamos realmente qué es una "vida dura"...

Gracias por esta gran convocatoria, un beso.

Carmen Andújar dijo...

Precioso relato Leonor. Comprendo a tu padre, los años pasan volando y quedaron muchas cosas por hacer. Los años que les tocaron pasar a los pobres son imposible de explicar, hay que pasarlos,fue demasiado horror.
Un abrazo

Sindel dijo...

Un relato entrañable que es el registro de una vida llena de lucha por salir adelante. Épocas que mejor dejar atrás y otras que vale la pena recordar. Me ha encantado conocer esta historia, tiene tintes de todo tipo y es imperdible.
Un beso enorme.

Neogéminis Mónica Frau dijo...

Una historia de vida similar a la de mi padre, aunque con anécdotas distintas, el esfuerzo ha sido similar. En el caso de mi papá, desde los catorce hasta los 88, trabajó cada día de su vida. Hoy con 94 y algunos achaques recuerda el ayer con suma claridad, más, quizás, de la que tiene para recordar lo que almorzó ese mismo día.
=)
Un abrazo

Juan Carlos Celorio dijo...

Muchas felicidades para ese hombre que nos das a conocer y al que, por lo entrañable del relato, ya tengo cariño.
Besos.