jueves, 29 de septiembre de 2011

FRAGMENTOS DE VIDA





Rayos de sol del atardecer otoñal, dorados, apetecibles.
Reflejos en la madera trabajada por las diestras manos del ebanista.
Sombras que recorren la estancia desplazándose suavemente.
Y el respirar pausado del hombre satisfecho.
El viento del Este, impetuoso, violento, apasionado, agitando las ramas del Olmo.
El sonido metálico de la veleta que gira atolondradamente.
Imprudentes ráfagas de aire que descubren los misterios de las rosas.
Pétalos transportados por un invisible duende.
Ladridos de perros lejanos.
Un insecto iluminado por un hilo de luz.
Y el respirar lánguido de la mujer, intercalado por largos suspiros de complacencia.
La noche invadiendo los rincones, borrando los perfiles.
Y el despertar de los amantes del sueño de una tarde de otoño.





martes, 27 de septiembre de 2011

DÍA DE PERROS


Ahí está nuestro Ayuntamiento, cayéndose por falta de un gobierno competente.
El dinero de los ciudadanos perdido por un desfalco, y las ayudas para arreglar la ciudad, invertido en un peligroso, mal hecho, inútil y mil veces criticado "carril bici", que es una vergüenza, y en otras obras que están paradas porque desde el principio han estado mal gestionadas. Pues ahí está ese inepto gobierno, defraudando, exprimiendo y maltratando a los que se supone que deben atender y ayudar. 
Todavía quedan algunos que piensan que los políticos están para ayudar al pueblo. Hoy para mí son peor que  
El Tempranillo y más chupasangre que Drácula.




Estoy pensando en que hay días que más valdría no despertarse.Cambios en el trabajo para peor, (aunque en el Estatuto de los Trabajadores se diga que eso no se hace).  Escudados en la crisis piensan que todo está permitido,  y si no estás de acuerdo tienes la puerta para salir.
 Ocho horas de duro trabajo. Compras al salir para seguir trabajando en casa. Mil vueltas buscando aparcamiento porque no tengo derecho a la "tarjeta de residente" porque en mi calle no hay aparcamientos. Aparco donde se aparca desde siempre porque es un tramo de calle sin ninguna puerta de vivienda y con una acera que no puede usarse por lo estrecha que es y porque al llegar al cierro de la esquina, se pierde. Pues, a los cinco minutos de haber dejado el coche, llega un agente y me casca una multa cuyo importe supera con creces lo que he ganado en todo el día de trabajo. Y además reconoce en el boletín de denuncia que mi estacionamiento no constituye riesgo o peligro para los peatones. Menos mal, porque podría haber tenido cadena perpetua. 
Las arcas del ayuntamiento están vacías ( gracias a ya sabemos quien) y hay que llenarlas para cuando otros metan la mano.
 Estoy que muerdo. La política al servicio del ciudadano,..... y una mierda, con perdón.

domingo, 25 de septiembre de 2011

EL FANTASMA DE LA CALLE OSCURA



   La calle se había oscurecido hacía ya unas horas. Las únicas luces que alumbraban eran las escasas bombillas que colgaban de unos platos de metal que estaban situados en los cruces de calles, en las esquinas, el resto de tramos permanecía en las sombras.
   Como cada noche, los vecinos se asomaban discretamente a los ventanucos del cierro y amparados por las cortinas esperaban la aparición misteriosa de la solapada silueta.
   Esperaban expectantes, sumidos entre la curiosidad y el miedo, pero no por eso dejaban de estar ahí día tras día, mejor dicho, noche tras noche. Quizá alguna vez en lugar de dirigirse a la casa de siempre podría acercarse a las suyas, a alguna otra, a la de cualquiera de ellos. Era una posibilidad a tener en cuenta.
   La figura era espectral, un cuerpo desgalichado, con una amplia capa negra que le cubría desde los hombros al suelo, botas sigilosas y un holgado sombrero que tapaba totalmente la cabeza. La cara embozada tras un trozo de tela del capote. Los andares desgarbados a pasos ligeros delataban su prisa por llegar al lugar escogido. La mirada vigilante, avizora. Los movimientos torpes, atropellados.
  Doblaba la esquina que daba a los callejones del matadero y recorría dos tramos de la calle pegado a la pared, esquivando la poca iluminación que había al cruzar la esquina. Se acercaba cauteloso a la puerta de la casa que permanecía entreabierta. Miraba a ambos lados de la calle y entraba encubierto por las tinieblas.
   Los vecinos, cuando le veían desaparecer, se retiraban a descansar, tranquilos porque una vez más ninguno había sido escogido para las oscuras intenciones del malévolo espíritu.
   Por la mañana, las vecinas comentaban los acontecimientos ocurridos la noche anterior y como siempre se santiguaban dando gracias por haberse librado una vez más.
  Cuando la viuda que vivía en la casa que visitaba el ánima, se acercaba al grupo, todas la miraban esperando ver alguna señal de temor, quizá señales corporales que mostraran su lucha contra el habitual intruso, pero la mujer pasaba por su lado diligente, con una media sonrisa que confundía a las convecinas. Caminaba erguida, vestida con elegancia, pisando con seguridad las aceras de su calle. No parecía aterrada ni pesarosa, cualquiera diría que se veía feliz.
   Las señoras se dispersaban dirigiéndose cada cual a sus quehaceres. Pensativas. Esperando que de nuevo la oscuridad inundara sus pensamientos con la intriga de ser o no ser visitadas por el fantasma.




Esta historia, a la que he dado un toque personal, la oía contar por las noches a las gentes de mi barrio. Yo era una niña y quizá no cogía el tono irónico con que se hablaba de lo que sucedía. Se decía que un fantasma tenía asustadas a las vecinas de la calle de atrás de la mía y que dicho fantasma entraba escondiéndose en alguna casapuerta. El caso es que a mí me aterrorizaba y, quizá por eso se quedó grabado en mi memoria.

sábado, 24 de septiembre de 2011

ESTE JUEVES : MI CALLE





   Mi calle es antigua, céntrica, perpendicular a la arteria principal de mi ciudad, no ha cambiado de largo ni de ancho y sigue manteniendo el mismo nombre desde hace mucho tiempo, para mí desde siempre.
   Cuando yo nací, mi abuela vivía en esta calle, en el número 25, y fue en aquella casa donde aprendí a caminar, a hablar, a jugar.  Durante mis primeros años, el escalón de la casapuerta fue mi asiento de platea del teatro de la vida que se representaba a mi alrededor.
   Por mi calle apenas pasaba alguna bicicleta y los caballos eran el motor de los carros.
  Lo que más recuerdo, por lo que me impresionaba, eran los basureros que hacían su recogida en un carro que siempre llamó mi atención porque delante de él, iban varios trabajadores cogiendo los cubos ( que no llevaban bolsa), y alzándolos hasta un hombre que viajaba metido en medio de las basuras. Cogía el cubo y arrojaba los desperdicios bajo sus pies y como un viñero pisando las uvas iba aplastando aquel revoltijo de cáscaras, espinas, pellejos, y demás elementos malolientes de la forma más natural del mundo, acostumbrado a moverse entre aquella mezcla fermentada.
   En verano pasaba el vendedor de helados pregonando los ricos sabores afrutados tan apetecibles después del almuerzo, bajo un calor sofocante. En otras épocas del año pasaba el vendedor de pirulines que tenía un característico pregón cantarín cuya letra decía que los traía de la Habana.
   El velonero, que vendía cacharros de metal, cuando recorría la calle, hacía chocar los metales cuyo sonido era el reclamo para que las amas de casa salieran a ver la mercancía. Se decía que el paso del velonero pronosticaba días de levante.
   Cuando se oía el pregón de los higos de Jerez, redondos y dulces, ya se sentía el final del verano.
   Pasaba también el afilador que tocaba una flauta haciendo un sonido siempre igual para que las gentes lo identificaran. Los críos se acercaban curiosos a verlo afilar los cuchillos y tijeras sobre una piedra que giraba al ritmo que marcaban sus piernas pedaleando. Lo que nos alucinaba eran las chispas que saltaban al rozar el metal con la piedra.
   En mi calle no había adoquines ni cemento, la calzada estaba formada de piedras de canto redondo, a los que llamábamos chinos, y de tierra, de la que brotaban algunas hierbas que yo andaba siempre recolectando para mis juegos. Cuando escampaba trás un chaparrón, los niños corrían a buscar la limas u otros artilugios con punta para jugar al pincho sobre la tierra reblandecida por el agua de lluvia. Mi abuela aprovechaba esas ocasiones para sacar a la puerta los grandes macetones de Aspidistras para que el agua del cielo limpiara sus enormes hojas verdes. Como ella, hacían otras vecinas y entonces la calle se veía preciosa, toda llena de plantas que brillaban adornadas por multitud de gotas transparentes.
   Algunas tardes, el señor Quico, que vivía en la casa del lado, sacaba a pasear gallos de pelea que criaba en su azotea. Picoteaban en el suelo entre las piedras y las hierbecillas buscando no sé que. No me acercaba a ellos porque me daban miedo, tenían un enorme espolón y sus plumas se encrepaban en cuanto sospechaban algún peligro. Por las mañanas despertaban a todo el vecindario anunciando el nuevo día.
   Las aceras estaban hechas con grandes losas de tarifa, de color grisáceo, lo suficientemente lisas como para pintar con tiza los cuadros que nos servían para jugar al tocadé. Todas las niñas teníamos un trozo de mármol blanco que era nuestra china. Si a alguna se le rompía salíamos en busca de algún trozo que casi siempre encontrabamos a las puertas del contructor de lápidas que había en la esquina. Recuerdo que mi abuela la llamaba la casa de la lapidaria. Desde la puerta que era bastante ancha y de una madera de color irreconocible por el polvo de mármol que la cubría, se veía una escultura de busto del corazón de Jesús que me daba pavor porque desde mi altura parecía tal alto como el del Pan de Azúcar.
   En una esquina había un ultramarinos al que las mujeres acudían varias veces al día porque se compraba a poquitos, según se iba necesitando, un hueso de jamón para el puchero, un vasito de vino para el guiso, un poco de café y azúcar para la merienda, un papelillo de harina para la fritada de pescado. El tendero, que se llama Daniel, iba apuntando en una libreta lo que cada una se iba llevando y que se pagaba al final del día o por semanas, según la economía de cada familia.
   La calle era nuestro lugar de juegos porque no había peligro de coches. En ella pasabamos muchas horas del día, sobre todo en vacaciones nuestros juegos se alargaban hasta pasada la medianoche, mientras los vecinos, sentados en sillas a la puerta de sus casas, contaban sus historias, se apenaban por sus desdichas o reían por las ocurrencias de unos y otros.
   Mi calle fué cambiando las viejas y ruinosas casas por nuevas construcciones, en algunos casos que han estropeado  ese olor a antiguo que tanto me gusta. Ya tiene la calzada de adoquines y las aceras de losetas de cemento y el tráfico la maltrata día y noche, pero es el progreso y hay que adaptarse.
   Mi casa sigue como hace muchos años.  Su fachada y las almenas de los pretiles de la azotea son los originales, típicos de la ciudad. Y dentro de la casa hay un patio que es un oasis en medio de los ladrillos. Nadie diría que en esta calle hay un vergel donde convive la buganvilla con el aromático jazmín, los rosales con las olorosas plantas aromáticas, hierbabuena, romero, menta, tomillo, mejorana, y una gigantesca estrilicia cuyas flores semejan el largo pico de un ave tropical.  El aloe, los geranios, el laurel y el azofaifo comparten el aire con un alto ciprés, que llegó a casa con una cuarta de altura y está rozando las nubes. Y no podía faltar una fuente cuyo sonido acompasado relaja al que se sienta en el patio a descansar el espíritu.
   Así es mi calle larga y estrecha, que acaba cerca de un hermoso parque, con grandes árboles, fuente con patos, merendero y auditorio, un lugar agradable para sentarse a la sombra, disfrutar de sus colores y respirar el aire oxigenado por su vegetación.
   Mi calle está llena de historias como todas las calles, sobreviviendo a los que las habitan, acogiendo a los nuevos moradores generación trás generación.
   En mi calle vivieron mis abuelos, mis padres, mis hijos y yo, y ya la conocen mis nietos.
   Ella estará siempre ahí.
  
    
  
  

jueves, 22 de septiembre de 2011

TEMA DEL DÍA


En el patio de mi casa

   Cada día, durante la media hora que tenemos en el trabajo para almorzar, surge un tema de charla en la mesa. No siempre tenemos tiempo para debatirlo como nos gustaría porque el tiempo apremia. A veces se arma tal guirigay que aquello parece un gallinero, todas queremos dar a la vez nuestra opinión y casi siempre acabamos poniéndonos de acuerdo.
   Hoy surgió el tema de los abuelos que se encuentran con la obligación de cuidar a sus nietos. Durante un buen rato hubo defensoras y detractoras de esta situación. Se ve más lógico que sean los abuelos maternos los que se ocupen de los hijos de sus hijas, mientras que dejarlos con lo suegros, a la mayoría no les gustaba.
   El debate nos tuvo toda la comida entretenidas y camino de las salas seguimos haciendo bromas acerca de cúal es el papel que tienen que desempeñar los abnegados cuidadores. Por supuesto, es natural que tengan que madrugar si tienen que llevarlos a la guardería o al colegio. Que se ocupen de recogerlos, darles de comer, dormirlos un poco pero no mucho porque luego dan la noche, entretenerlos, aguantar sus pataletas, acunarlos en los brazos cuando están malitos, etc... y por supuesto todas opinaban que, sobre todo las abuelas, los malcriaban, que estropeaban el trabajo educativo que ellas estaban llevando a cabo. Estuve callada, escuchando sus argumentos. Yo en este momento no tengo nietos que cuidar porque viven en San Roque, pero lo he hecho anteriormente.
   Así que defendí mi rol y dije que las abuelas son las abuelas y ese es su papel, ser abuelas. Tienen que ayudar, alimentar, cuidar,......pero lo más importante es mimar. ¿Qué recuerdo tendrá un niño de una abuela que hace totalmente las veces de madre?. Será como haber tenido dos madres y haber pasado la niñez sin la imagen acogedora de la abuela.
   Yo recuerdo correr despavorida hacía mi abuela que me acogía debajo del delantal para evitar una regañina. Con el tiempo te das cuenta que tu madre estaba compinchada con ella porque un delantal no esconde a una niña, yo actuaba como el avestruz, y, en aquellos momentos mi abuela era mi salvación.
  ¿Y el caramelo que recibías a escondidas y que masticabas con avidez para que nadie se diera cuenta?. ¡Qué miradas de complicidad entre nieta y abuela!.
   Ser abuela es tan maravilloso como ser madre pero más cómodo. Lo que enseñan los abuelos no está escrito en los libros y para los niños, los familiares más valorados, después de sus padres, son los abuelos.
   No seamos críticos con ellos, si les cargamos con la responsabilidad, démosles la alegría de que puedan ejercer su verdadero cometido.
   Mis abuelos fueron abuelos y estoy agradecida de haberlos tenido durante mucho tiempo.
  




miércoles, 21 de septiembre de 2011

CONVIVIR CON EL ALZHEIMER

Mi madre, mi hermana y mi padre. Tres héroes luchando contra el olvido.


  Aunque los que sufren la enfermedad de Alzheimer lo pasan muy mal, son los cuidadores de esa persona los que realmente se sienten frustrados, cansados, estresados, y no encuentran consuelo porque es un mal que no tiene recuperación, al contrario, el enfermo se va deteriorando cada vez más.
  Las situaciones que se van planteando van siendo cada día más complicadas. Aparte del deterioro cognitivo, el cuerpo empieza a no obedecer, no responde cuando se desea caminar con soltura, las manos se vuelven torpes y los movimientos lentos. Es necesaria la ayuda de alguien para ir seguro de un lugar a otro, lo que conlleva que el enfermo cada vez se mueva menos y sus músculos sin uso van a empezar a no responder. Se vislumbra cerca la silla de ruedas. 
  Si el cuidador es una persona impaciente, la situación se complica porque la lentitud con que puede hacer sus cosas la persona afectada le pone nervioso y en muchas ocasiones puede llegar a estallar, cosa que desconcierta aún más al enfermo que no está entendiendo lo que pasa.
   Es importante saber que se debe hacer en cada situación para actuar con conocimientos, aunque eso no quita que más de una vez se pierdan los nervios. El ciudado constante de estos enfermos afecta a la vida del responsable de su salud y bienestar. Al enfermo de Alzheimer hay que vigilarlo 24 horas al día. No sólo por su deterioro cerebral, sino porque ésto irá ligado a otros problemas de salud como, diabetes, afecciones visuales, problemas digestivos, estreñimiento o diarreas, incontinencias, etc...
  Por todo esto el enfermo va a ir dejando de hacer las actividades diarias porque va dejando de tener la capacidad de organizarlas, de ejecutarlas y sobre todo porque su cuidador para evitar desastres le va a ir  apartando de ellas. Se le va relegando al sofá para evitar que ande por la casa desbaratando lo que toca, escondiendo cosas o sacando de los cajones las ropas que hemos acabado de planchar y guardar. Es que no para quieto y se va a caer y será peor, tendremos que ir a urgencias y quien sabe si ingresamos y ya estamos arreglados.
   A ésto unimos que su sensibilidad está a flor de piel y que se siente triste, se siente vacío, se aburre perdido en sus pensamientos carentes de recuerdos que le muestren momentos vividos, ya sean alegres o penosos, que todos van conformando nuestro paso por la vida. Si callan es porque no tienen nada que decir. Su memoria apagada.  No se puede hablar de lo que no se sabe y no recordar es no saber.
   Hay que acercarse como a un niño, buscar algo que le interese, hablarle reposadamente para no agobiarlo y respetar su silencio. En realidad está escuchando y se siente atendido, sabe que estás acompañándolo, que no está sólo. Cuando sienta necesidad de comunicarse lo hará, aunque no pueda con palabras.
    Quiero dar mi homenaje a los cuidadores de enfermos de Alzheimer y mucho respeto y cariño para los enfermos que están tan indefensos y perdidos.

Y mi gran felicitación a mi padre que, apesar de sus quejas, sabemos que cuidar de mi madre es para él la mayor felicidad. Está tan enamorado de ella como hace sesenta años. Por eso no acaba de aceptar que ella no le responda con sus risas de siempre, cuando él le dedica un piropo o le gasta una broma para ver si la saca de su silencio.
  Y mi hermana, Isa, que dejó su vida en Las Islas Afortunadas para cuidarlos. Añora a los amigos y la vida tranquila de Tenerife. No acaba de encontrar su sitio aquí, pero es responsable y sabe que mis padres necesitan de su ayuda. Un abrazo enorme para una gran persona. Yo hago poco, escucharlos, atenderlos cuando puedo y aconsejarlos con lo que voy aprendiendo con la experiencia.
   Yo, que trabajo en la Residencia para enfermos de Alzheimer entiendo que es mucho más difícil cuidar a un familiar.

  21 de septiembre día mundial del Alzheimer

lunes, 19 de septiembre de 2011

LA GRANADA


La granada una de las frutas divinas.


   " En Granada hay un convento, que de monjas hay más de un ciento. Y por un velo muy sutíl, se ven monjas más de mil." 
     Una de las adivinanzas más bonitas que tenemos entre nuestros acertijos populares.
    
   Ya está el otoño a la vuelta de la esquina y los frutos de la época comienzan a verse en los mercados. Las granadas, chirimoyas, membrillos, nueces, castañas, etc.. todo un alarde de la naturaleza. Un "milagro" que ocurre año trás año.
  Así como la primavera llena de colores los campos y las plantas presumen como una recién casada mostrando la pequeña protuberancia que delata su estado de buena esperanza, el verano y el otoño nos muestran los apetecibles retoños. De higos a brevas, como dice el pueblo llano, todo un ciclo de la vida.
  En el verano aparecen las sandías y melones que han crecido como locos, llenándose de refrescante jugo para atemperarnos en los agobiantes calores.
 Las cerezas, ciruelas, melocotones, nísperos, peritas de San Juan, perillos, acerolas, azofaifas, y un sin fin de frutillas ya están dulces gracias al calor del sol, y las uvas comienzan a hacerse pasas llamando la atención del vendimiador.
 Los calores van dejando paso a temperaturas más suaves, el sol camina más cerca del horizonte cansado de su largo camino estival, y los árboles empiezan a ofertar los frutos de septiembre y octubre. Pronto caerán sus hojas y se prepararán sus ramas para acoger los nuevos brotes que nos alimentarán la próxima temporada.
   Es estremecedor ver las granadas abriéndose de puro madurar en su rama, que apenas puede con el peso del fruto. Sus granos rojos se muestran al observador sabrosos y jugosos. Que es vigorizante, rejuvenecedora, antiinflamatoria, es importante,  pero lo que llama poderosamente la atención, es su belleza.   Al cogerlas del árbol su piel es de un color marrón claro y de tacto suave. Cuelgan de manera exótica y forman un conjunto de gran vistosidad, por algo se ha tenido siempre como uno de los más bellos árboles ornamentales.
   Qué bonita palabra es "desgranar",  tanto en su sentido literal como el figurado, sacar el grano, rebuscar lo que se esconde en el interior y descubrir sus entresijos, sus misterios.
   Cuando me pongo a desgranar, sea el fruto que sea, siento una maravillosa sensación de tranquilidad.
Me relaja sacar de su vaina los chicharitos y las habas y es un placer vislumbrar el interior de una explosiva granada a través de una grieta abierta en su piel,  y comenzar a sacar los pequeños granillos rojos que al morderlos explotan en la boca soltando su delicioso jugo.
  

domingo, 18 de septiembre de 2011

CURIOSIDADES DE 1955


Portada Diez Minutos, 6 de febrero de 1955. 


   Fe de erratas: Chacachacare, isla del mar Caribe, cercana a Venezuela,  no Cachacachare.

sábado, 17 de septiembre de 2011

MIS HIJAS Y MI HIJO



   Orgullosa es un vocablo pobre de contenido para describir como me siento cuando los miro. Es algo más grande.
  Nadie enseña a ser madre, se aprende siéndolo y yo lo fuí pronto, a los dieciseis años. Acababa de cumplirlos cuando llegó al mundo mi hija Elisabet. Es guapa por fuera y por dentro. Es una mujer valiente, una madre dedicada en cuerpo y alma a sus hijos, (mis adorados nietos), una hija atenta y preocupada por sus familiares y una cualificada profesional que jamás a presumido de serlo.
 Parirla fue la experiencia más intensa que había tenido hasta entonces, y hoy aún lo puedo recordar con todo detalle. Desde las primeras contracciones hasta que la tuve en mis brazos. Una larga noche, una dolorosa mañana y un rato de miedo a lo desconocido con el final más gratificante, una niña hermosa, rosada, perfecta, de más de tres kilos. Fuí una de tantas adolescentes que son madres sin proponérselo. Han pasado muchas cosas desde entonces pero respecto a mi maternidad no cambiaría nada.
   Mi segunda hija, Patricia llegó casi cuatro años después. Salió disparada de dentro de mí, con prisa, madrugadora, a las siete de la mañana, y rompió a llorar apenas vió la luz. Así sigue. Es un torbellino, jamás pasea, ella camina rápido, pisando fuerte, y mientras camina, mira y proyecta, escucha, programa, estudia, vigila, comunica. Abogada de profesión y consejala por compromiso. Es diplomática, inteligente, trabajadora y muy generosa. Y como puede verse, muy atractiva. 
  Mi hijo Diego llegó mucho después, no estaba en mi mente volver a ser madre, pero me pudo esa fuerza natural que sale de las entrañas y te pide volver a sentir el llanto de un bebé. Y bueno que lo sentí, fué llorón hasta hartar. No había forma de llevarlo a pasear en el coche de capota, siempre cogido en brazos, sobre el hombro como un fusil. Se dormía balanceándolo al son de marchas procesionales. A las siete de la mañana ya tocaba diana y no había forma de dejarlo acostado. Estaba deseando que llegara mi hija del instituto para que me lo quitara de encima y poder hacer alguna cosa en casa.
   En cambio ahora es un muchacho silencioso, callado, jamás levanta la voz, no discute ni contesta mal, es respetuoso. Tímido e introvertido. Muy inteligente y cumplidor de sus responsabilidades. Será un buen matemático. Es moreno, alto como lo es esta generación, y guapo, que eso ya es causa genética.
  Que es pasión de madre, puede, pero los defectos que pudieran tener no los voy a decir yo, ya se encargarán otros. Yo no los veo.


 

jueves, 15 de septiembre de 2011

EL POLLUELO DE GAVIOTA



   El día había amanecido claro, con una brisa suave que se deslizaba acariciando cada grieta y cada saliente de aquel acantilado. La naturaleza había ido modelando la roca. Las grandes olas en los días de tormenta trabajaban como las manos de un escultor, picando la piedra aquí y allá, dando formas, creando. Los fuertes vientos trasladaban los trozos de piedra y las arenas de un lado a otro. La roca siempre está viva, siempre cambiante.
   En cada hendidura se proyectaba la vida. Los nidos de varias especies de aves se cobijaban en las aberturas del arrecife. Las parejas de progenitores se alternaban en el cuidado de los huevos moteados a la espera del gran día. Así sucede año trás año.
   Llegaron los meses de la eclosión y el despeñadero se llenó de pequeños polluelos con plumón de motitas y ojos curiosos. Los padres tendrían que alimentarlos y cuidarlos durante unos meses, hasta que sus plumas les permitieran despegarse de la roca y salir a conocer el mundo.
   Durante este tiempo de espera, uno de los pollitos asomada al exterior a través de una rendija, veía cada noche una intermitente luz que iluminaba el mar. Se entretenía calculando el tiempo que transcurría entre cada destello, ilusionada con descubrir en el horizonte algo desconocido y maravilloso. Su imaginación se desbordaba. Se veía transportada por el rayo luminoso hasta más allá de las aguas. Hacia lo desconocido.
   ¡Qué agradecida estaba a aquellos destellos que la sacaban del aburrimiento de su encierro! Apenas podía moverse unos metros alrededor del nido y siempre bajo la supervisión de uno de sus padres. Toda vigilancia era poca para sacar adelante a la prole. Les rodeaban muchos enemigos.
   Así transcurrieron las casi seis semanas que necesitaron sus plumas para estar dispuestas a emprender el vuelo.
   La pequeña curiosa pasó muchas horas intentando aprender a volar y cada vez se alejaba un poco más de los picos desde los que se lanzaba al aire.
   Su deseo era estar preparada para que al llegar la noche pudiera escapar y acercarse a la luz. ¿De dónde vendría?. Su pensamiento era colocarse en el centro de una de las ráfagas y volar a la velocidad de la luz. Sería el polluelo de gaviota más veloz de la historia.
   Al llegar la oscuridad, la luz comenzó su rutinaria aparición, su previsible aparecer y desaparecer.
   La pequeña gaviota se asomó cuanto pudo y se lanzó al vuelo en busca  del lugar del que salía aquella poderosa luminiscencia. ¿Quién tendría semejante poder?.
   Fué tal la impresión que sufrió al ver la enorme torre que lanzaba a la noche aquellos rayos de luz, que por poco cae rodando acantilado abajo.
   Después de algunos minutos, ya repuesta del susto, se preparó para levantar el vuelo ayudada por una ráfaga de viento que dió impulso a sus recién estrenadas alas. Le costó un gran esfuerzo llegar hasta la torre, pero, cuando estuvo sobre la barandilla del balcón que rodeaba la linterna del faro,  se sintió satisfecha, poderosa, estaba tan alta como la luz que la había acompañado noche trás noche y pensó que no le importaría quedarse allí a vivir. De día estaría a salvo de depredadores , al atardecer tendría una vista magnífica para encontrar restos de pescado traídos a las calas por las olas y de noche estaría acompañada por su incandescente amiga. La que había despertado su curiosidad y disparado su imaginación.
   Vivir en un faro es mi sueño, pensó, y se quedó allí. Con la mejor vista del entorno. Alejada de ruidos y multitudes. Con el sonido acompasado de las olas, a veces pianísimo, a veces vivace. Con el bramido de la sirena en los días de niebla, que espantaba a otras gaviotas pero que ella escuchaba con tranquilidad, adormecida por su monotonía. 
  El farero se acostumbró a la presencia de ella y todas las noches subía la larga escalera de caracol para dar una chuchería a la joven y desearle buenas noches. 
   El hombre del faro dormía relajado porque sabía que la gaviota estaría pendiente de cualquier accidente que pudiera acontecer. Ella había sido atraída por esa luz a la que no podía dejar de mirar.  
  
  

miércoles, 14 de septiembre de 2011

MIGUEL DELIBES


Miguel Delibes un hombre profundamente unido a la naturaleza.



  Descubrir las obras de Miguel Delibes supuso en su día empezar a
gozar de la lectura plenamente. Cuando estás deseando sacar un rato de tu tiempo para sentarte en tu rincón a leer ya puedes decir que un libro te ha enganchado.
  Todas las novelas que he leído de este autor me han seducido desde las primeras líneas.
  Cuando leí Cinco horas con Mario, quedé entusiasmada con la estructura de la novela y disfruté desde el principio de un monólogo que, en principio, precisamente por serlo, podría suponerse algo aburrido.
  Me gustaron Los santos Inocentes, La sombra del ciprés es alargada, La hoja roja, El principe destronado, Señora de rojo sobre fondo gris, Un mundo que agoniza, Diario de un cazador, Diario de un emigrante, Cartas de amor de un sexagenario voluptuoso, El hereje, el relato corto La mortaja, y todo artículo que cayera en mis manos.
   Me gusta este escritor. De otros escritores me gustan algunas de sus obras.
   Iré anotando cuales son mis preferencias en literatura. Esto me servirá de recordatorio el día de mañana, cuando mis recuerdos no estén tan claros como aún los tengo.





lunes, 12 de septiembre de 2011

sábado, 10 de septiembre de 2011

DÍAS PERDIDOS


Manzanilla silvestre

  Desde hace un par de días estoy abatida, no encuentro sentido a nada.
No he tenido ganas de acercarme por estas páginas porque mi mente estaba seca, sin nada que decir, ausente. Son días perdidos de la vida. Intento sacar fuerzas de flaqueza y mirar la vida con optimismo, pero cuesta. De verdad que cuesta.
  Va acabando el sábado y he cumplido con mis obligaciones, apesar de mi melancolía. Voy a tomar mi infusión. Esta noche he elegido una de vitaminas a ver si me saca de esta apatía. A medida que escribo me voy sintiendo mejor.
  De pronto cruza mi cabeza, como una estrella fugaz cruza el universo, una imagen que tenía olvidada. 
  La he buscado. Sabía ciertamente que estaba ahí, esperándome, porque esa imagen me trae un recuerdo agradable y mi subconsciente la ha rescatado para ayudarme.
  Un ramito de manzanillas silvestres de la flora de mis playas. Un instante vivido que me rescata del agujero negro y me eleva hasta las nubes.
  Es maravilloso que una sencilla florecilla nacida en la arena, sin ayuda de jardinero, sóla entre los narcisos, barrones, quitasueños, ella con su corazón dorado y sus albos pétalos haya sido elegida. Ella es el milagro que he necesitado todo el día. Ella no es una gran rosa inglesa de concurso, cultivada con esmero por expertas manos. Ella estaba allí, un regalo de la naturaleza que en ese momento sirvió para hacerme sentir la vida, y que hoy, al volver a mí, me ha hecho reaccionar, despertar de una pesadilla.
   Ella y las palabras. Siempre alivian mis pesares las palabras que salen de las marañas de mi cerebro y que reflejo en estos textos.
   Ahora encuentro el sentido a este día. Ya no lo considero perdido porque algo me ha hecho valorarlo. Mañana será otro día y quizá amanezca soleado y desde que abra los ojos sepa que va a ser intenso, pero si no es así, espero otro recuerdo que saque mi alma de la bruma.
 

jueves, 8 de septiembre de 2011

DIEZ MINUTOS




   De vez en cuando, entre las muchas cosas que guardamos en casa, nos topamos con algo que teníamos olvidado y que en su día habíamos rescatado de ir al basurero por aquello de la nostalgia.
   Tengo unas cuantas revistas editadas entre los años 1952 y 1957, no sé cuánto tiempo antes habían empezado a publicarse, por el número de este ejemplar vemos que llevaban 269 semanas, era el VI año. De lo que sí  tengo constancia es de que aún hoy hay un semanal con ese nombre.
   Es curioso leer algunas de las noticias que eran novedad en aquella época y que hoy día, transcurridos los años, observamos lo acertadas o erróneas que eran, o más bien, si se cumplieron o no, muchas de las expectativas que se vaticinaban.
  En la portada del número que he elegido como muestra, vemos a la archiconocida actriz Sara Montiel,  que iba a rodar la película El último cuplé. ¿Quién no la ha visto?. Los que ya somos algo maduritos, la hemos visto más de una vez, primero en los cines y luego en televisión.
Yo, de pequeña, iba con mi tía Isabel al cine de verano casi todas las noches, en los hogares aún no era la "tele" algo imprescindible, e incluso para muchos algo inasequible, por lo que las películas se tenían que ver en la gran pantalla. Era toda una excursión ir al cine de verano. Llevábamos bocadillos, agua, chucherías, hasta huevos duros. Y la rebeca por si el relente empezaba a caer y nos entraba el frío. Maravillosas noches, dos películas y unos pocos anuncios locales por algunas pesetas.

   Volviendo a la portada, a la izquierda, como segunda noticia en importancia, una instantánea de la tercera boda del barón von Thyssen con una modelo llamada Fiona. Sabemos que hubo otras dos. Tita Cervera sería su quinta esposa.
 Debajo de la foto de los novios aparece una vista de las obras de un tunel en París, lo que mi mente ha relacionado instantáneamente con el accidente que costó la vida a la princesa Diana de Gales. Aunque no se trata del mismo túnel, si que es uno de los que cruzan el Sena.
   Como noticia de menos importancia, al menos para el periodísta que las redactaba, leemos que Soraya iba a dejar de ser emperatriz de los persas. Así fué.
   En letras pequeñas, se informa de la mujer despechada que arrolló con su coche al novio que la había traicionado. Por curiosidad me he adentrado en las páginas para ver si el asunto había acabado en tragedia, y así fué, él murió en el acto y ella fue detenida y cumplía condena, pero, se trataba de una narración corta, un relato ficticio.

   Por último, comentar que mi tía me contaba que cuando mi madre me estaba gestando, pasaba la mayor parte del tiempo durmiendo, un embarazo tranquilo al parecer. De ahí deduzco que esa sea la razón por la que hay más semanales de esa época. Mi padre estaría tremendamente aburrido, y su afición al coleccionísmo empezaba a surgir. Ahora es un gran coleccionista. Se alegrará cuando se los enseñe porque él no tiene ni idea de que yo los he guardado todo este tiempo.
   De vez en cuando dedicaré alguna entrada a estas nostálgicas publicaciones.

Os deseo un buen día.
   

lunes, 5 de septiembre de 2011

COMO AGUA PARA CHOCOLATE















La cebolla tiene que estar finamente picada. Les sugiero ponerse un pequeño trozo de cebolla en la mollera con el fin de evitar el molesto lagrimeo que se produce cuando uno la está cortando. Lo malo de llorar cuando uno pica cebolla no es el simple hecho de llorar, sino que a veces uno empieza, como quien dice, se pica, y ya no puede parar. No sé si a ustedes les ha pasado pero a mí la mera verdad sí. Infinidad de veces. Mamá decía que era porque yo soy igual de sensible a la cebolla que Tita, mi tía abuela.
Este es el comienzo del magnífico libro de Laura Esquivel "Como Agua para Chocolate".



Una obra magistral.
Una sensual historia de amor.
Una película para ver muchas veces y un libro para releer cada cierto tiempo.
  
 

domingo, 4 de septiembre de 2011

IR DE BODA





   No me gustan las bodas. Además esta tarde estoy un poco "depre" y aún veo las cosas más aburridas de lo que quizá sean en realidad.
   Cuando recibes la invitación empieza el tiempo "preboda", que vuelve loca a cualquier mujer. Empieza la cuenta atrás y no tienes ni idea de cuánto vas a desear ser una ermitaña.
 Lo primero,  qué vas a ponerte, luego la  arriesgada aventura de buscar algo bonito, favorecedor, que te haga sentir guapa, que no sea muy caro, que cumpla con el protocolo, que no vaya a coincidir con otras invitadas (riesgo imprevisible), que tenga fácil combinación con bolso, zapatos y demás complementos, que, que, que...., una locura.
   ¡Y el pelo!. ¿Qué hago con esto?. Tocado, pamela, ahora está de moda que la novia decida qué tienen que ponerse las invitadas en sus cabecitas.
  Te llevas toda la mañana en la peluquería. Si la muchacha en cuestión ha optado por que luzcan tocados, te ves atravesando la ciudad con tu cabeza recién peinada y el mogollón de adornos en el lado, tapándote medio ojo, con tus vaqueros, tu camiseta y tus zapatillas cómodas. Crees que todo el mundo te mira. Coges por las calles menos transitadas y con la cabeza gacha intentas llegar a tu casa cuanto antes. Ojalá se hubiera inventado el teletransportador!.
    Horas antes de la boda ya estás hasta el moño del peinado, el tocado y la madre que parió a la moda. Luego tienes que ducharte. Ja,ja y ja. Con sumo cuidado, que el agua encrespa el pelo y puedes llegar hecha unos zorros.
   Ya duchada, con tu ojo y medio intentas maquillarte. Y si además tienes presbicia y usas gafas para poder ver algo claramente, ya lo tienes jodido. A ver quien se pinta unas sombras.
   Ya casi estás y oyes que tu acompañante empieza a decir la hora como si de un reloj de cuco se tratara. Cada cinco minutos suena el "vamos a llegar tarde", y "no habrá donde aparcar".
Y tu sigues en tu intento de hacer el milagro de Lourdes y lograr acabar la faena sin cornadas graves. Te pones las malditas medias que son obligadas sea invierno o verano, y ésto si que es un alto riesgo porque ya no controlas tus movimientos y por menos de un periquete clavas una uña en el sucedáneo de pellejo del color adecuado, y ya llegamos.
   Pasado el suplicio del arreglo, llegas a la puerta de la iglesia y caminas tímidamente ante las miradas del resto de invitados, lo primero que haces es buscar un vestido como el tuyo y...  nadie a la vista que coincida. Sigues el recorrido entre la gente y sientes las miradas inquisidoras a tu espalda. Sonríes a todos porque es lo correcto, pero quisieras desaparecer y verte en tu casa tranquila, con tus perros alrededor haciendo diabluras y tus magníficas zapatillas de casa en lugar los tacones que te están matando.
   Dentro de la iglesia todos buscan a los más conocidos, se van sentando unos junto a otros, la unión hace la fuerza. Más vale ir tomando posiciones que quedan muchas horas de festejo.
   Termina la ceremonia y, carrera a la puerta del templo a poner el suelo como una paellera, mientras el cura, micrófono en mano pide a los invitados que no arrojen el arroz dentro del sagrado recinto porque a la puerta ya esperan otros novios y otros invitados.
   Ahora llega la espera entre el rito litúrgico y el ágape nupcial, mientras los novios hacen un reportaje fotográfico que bien vale lo que van a cobrarles, esperas pacientemente haciendo tiempo para no llegar la primera al convite. No sabes que hacer ni dónde meterte con esta pinta.
   Y el colmo de los colmos llega con la puesta en escena de la entrada de los novios al comedor. Los camareros deben haber pasado un examen de artes escénicas para obtener el puesto. Con cada plato hay una especie de coreografía. Carreras entre las mesas. Entremeses, primer plato, sorbete, segundo plato, postre, champán, tarta. Todo un despliegue de comidas que en su mayor parte van de vuelta a la cocina, ¡cuánto despilfarro!. Y sigue la cosa.
  Se abre la barra libre y se abarrota de sedientos. Incluso los que no beben nunca se acercan a coger su vaso, que es gratis.
   La música pachanguera empieza a atronar y ya es cuando estas a punto de echar a correr, con tacones y todo. Ensordecida, mareada por el bullicio que se arremolina alrededor de la orquesta, intentas escapar hacia un lugar más tranquilo, silencioso a poder ser, pero no lo hay en kilómetros a la redonda. Te colocas en un rincón lo más lejos del tumulto y tu pareja opina que eres muy aburrida, que parece mentira que no quieras apuntarte a la vorágine. Los acontecimientos se suceden con tanta rapidez que los recién casados lo recordarán por las fotos porque en su transcurrir difícilmente pueden disfrutarlos.
   Todos quieren besar a la novia y bailar con el novio, según el sexo. O no.
   Los recuerdos que entregan a los asistentes, que tanto costó decidir, acabarán en un cajón y más adelante habrán pasado a ocupar alguna caja del trastero con las cosas que no tiramos pero que tampoco queremos tener a la vista.
   Afortunadamente no hay mal que cien años dure.
   Volver a casa es lo mejor del día. Desmaquillarte, mirarte al espejo sin tanta parafernalia, simple, natural. Y dormir. Abandonarte en tu propio tálamo nupcial en los brazos de Morfeo y tener tu propia noche de novios.
 
  
  



viernes, 2 de septiembre de 2011

YA SE SIENTE EL OTOÑO


Atardecer lluvioso

   ¡Cómo se agradecen las primeras lluvias!.
   No me imagino vivir en un lugar de la tierra donde no se aprecien los cambios estacionales. Me gusta ir percibiendo las distintas estaciones del año. Pasar del calor sofocante a las temperaturas suaves del otoño. Ver cómo van cambiando la sombras proyectadas por el sol, cómo se alargan y estilizan. Me gustan los colores del atardecer. La brisa que llega del mar con olor a viento del sur. Me gusta el aroma que emana de la tierra mojada, de las hierbas. Me gusta el frescor que envuelve el ambiente.
   Se respira con más ganas, inundando los pulmones de aire limpio, renovado.
   Esta tarde, con la ventana abierta, he visto llover como quien viera ese fenómeno por primera vez. Me he sentido feliz oyendo el chaparrón sobre los árboles del jardín. He disfrutado con el tronar de las nubes.
  Estaba en el trabajo con mi grupo de abuelos, que a veces me sacan de quicio pero que siempre me alegran el espíritu. Son como niños, apenas recuerdan el pasado y viven en un continuo desconcierto, pero son tan agradecidos que das por bien empleados cada uno de los días que pasas a su lado, ayudándolos a no estar tan perdidos en el mundo.
   Te cansas de contestar una y mil veces la pregunta rutinaria de cada uno de ellos, pero siempre contestas, aunque sepas que al momento van a olvidarlo y volverán a preguntar lo mismo. En ese instante se quedan tranquilos y te besan y te dicen cuánto te quieren por estar ahí, junto a ellos, para quitarles ese miedo que los invade.
   Me gusta hacerles dulces y ver los ojos de felicidad que ponen cuando ven los bizcochos, las magdalenas o las galletas que les llevo para merendar. Endulzar su vida es también una buena terapia.
   Esta tarde se sorprendían por la lluvia y los truenos. Se preocupaban por su regreso a casa, nunca saben cómo van a llegar a sus hogares. Cada día es la misma historia. Pero es tan gratificante para mí que no elegiría ningún otro trabajo.
  

jueves, 1 de septiembre de 2011

ADIOS AL VAPORCITO DEL PUERTO









 

HUNDIMIENTO DEL VAPORCITO DEL PUERTO


   Desapareció en aguas del puerto de Cádiz.

  El vapocito, Adriano III,  llegó al muelle herido de muerte pero dispuesto a salvar a sus viajeros y tripulantes. 
   Una vía de agua estaba inundándolo, ahogando sus entrañas, pero él, sacando fuerzas de flaqueza seguía sobre las aguas de la bahía camino de su destino, conocedor de que podría ser su última travesía y no quería quedar mal.
   El barquito al que canta todo Cádiz, el vaporcito inspirador de uno de los pasodobles más conocidos del carnaval gaditano, no quería que su gente lo recordara por una tragedia.
  LLegó a tierra y cuando los puso a salvo se dejó caer agotado al fondo del muelle.      De Cádiz al Puerto de Santa María, del Puerto de Santa María a Cádiz.  Un día trás otro. Varias veces al día.  Incansable. Siempre presto a zarpar.  Con  poniente y con levante.  Ciñéndose al viento o navegando de través, siempre fiel a su "singladura".
  Ahora permanece atento a las decisiones que tomen acerca de su futuro. ¿Reflotarlo?
  Su gracioso navegar cruzando la bahía es una estampa que no podemos perder.



  Desde 1955 al pie del muelle, esperando cariñoso a su gente marinera.
  La imagen del vaporcito atracado en su rincón estará para siempre en nuestro recuerdo.
  Hasta siempre mi querido barquito de vapor.
  Esperamos tu regreso.