lunes, 29 de agosto de 2011

MIRAR CON LOS OJOS DE UN NIÑO












 




















  



  
 Me ha costado unas pocas de horas elegir las fotos que he puesto en esta
entrada. Salvo en las que aparecen ellos, todas las han sacado mis nietos.
 Han estado de viaje unos días por Galicia y en el camino han parado para
conocer Salamanca
Hace unos años yo hice ese mismo recorrido y quedé encantada. Salamanca es una ciudad de libro de texto. Y qué decir de las tierras de los celtas, son el paraiso. Allí explotó la naturaleza. Se respira verde y azul. Azul del mar y de las hortensias, flores que ponen notas de colores en los jardines del norte y que son de una gran belleza.
  Gracias a mis niños he vuelto a revivir aquel viaje. Ellos han llegado cargados de imágenes, de conocimientos de los que no se olvidan, de anécdotas que me han hecho llorar de risa, de historia de la que no hablan los libros del cole, de sensaciones que recordarán toda la vida.
   Han capturado con su cámara lo que más llamaba su atención y a mi parecer apuntan bien.
  Subieron al nacimiento del río Eume y se dejaron acariciar por el agua helada recién salida de las entrañas de la tierra.
  Se compararon en altura con la magestuosa Torre de Hércules y subieron a su balcón para mirar el mundo desde arriba. Allí les hicieron una de las fotos que he elegido porque en ella se aprecia la ilusión que hay en sus caras. 
  Están mirando el mundo con ojos de niño, con ese querer absorberlo todo con la mirada. Con la sorpresa reflejada en sus dulces caritas. Con esa sonrisa de felicidad de quien ve por primera vez algo bello.
  Qué pena que los adultos vayan perdiendo esa capacidad de sorprenderse.
  No es mi caso. Parece que con los años aprecio mejor las cosas. Un atadecer puede hacer que las últimas horas del día sean para mí un recuerdo imborrable. Me sobrecoge la belleza de una hermosa y gigantesca rosa amarilla. Me alucina el arcoiris que cruza el horizonte trás la lluvia.
   ¡Cuánto se puede aprender viajando! Ellos nunca olvidarán estos días.
  Su madre, que es mi hija, recordará algún día estas vacaciones, cuando sus nietos lleguen como un torbellino a su casa para contarle todo lo que han disfrutado correteando por el mundo.

 

sábado, 27 de agosto de 2011

TRABAJAR EL DOMINGO




  Que tenga que trabajar el domingo no es lo peor del mundo. Te acostumbras como a todo y acabas por preferir ir el festivo y poder librar cualquier otro día de la semana para poner al corriente un montón de asuntos que no pueden hacerse los fines de semana.
  Cuando suena el despertador a las seis y media me arrepiento de haberme quedado leyendo hasta las tantas.
  El sonido empieza sacándome de la sedación natural, de la inconsciencia, del ser y no estar para invadirme provocando una aceleración que me hace saltar como si tuviera un resorte unido a esa alarma.
  Mis dos perros, Koko y Trufa, comienzan el día en cuanto me oyen y ahí empiezo a no sentirme tan cansada, sus saltos de alegría reclamando mis caricias me siguen sacando de mi letargo.
  Entro en el baño para que el agua fría continúe la labor de situarme en la realidad y rápidamente voy a la cafetera. El aroma del café recién hecho penetra dulcemente en mi cerebro y acaba por despertar todos mis sentidos.

 

  Mientras preparo mi desayuno, que consta de un café con un poco de leche semidesnatada y edulcorante, ( por aquello de empezar la jornada restando calorías), de un panecillo de pan de centeno tostado y untado con queso philadelphia light y mermelada del sabor que corresponda, a menudo hecha por mi misma, voy preparando también la primera comida de mi perrilla Trufa que por ser aún muy pequeña come dos veces al día.
  Los días de diario que entro a trabajar un poco más tarde, me gusta dejar un poco arreglada la casa pero cuando entro tan temprano, en casa aún siguen durmiendo y procuro hacer poco ruido.
  Me despido de mis cachorros que salen hasta la puerta a despedirme, sabiendo que en ese momento no pueden acompañarme. De todas formas Trufa aún no lo entiende bien y suele aullar trás la puerta.
  Para llegar al coche tengo que atravesar un parque cuyos árboles y plantas alegran mis retinas y el silencio de la mañana festiva sin tráfico, sin gente yendo a sus quehaceres, sin jardineros soplando hojas caídas, me hace sentir como si estuviera sóla en la ciudad.
 En mi caminar me entretengo mirando la fuente, las buganvillas de colores, los grupos de plantas dispuestos estratégicamente en el cesped, el vuelo de algún pajarillo que se pasea de rama en rama. Voy mirando y pensando, caminando, disfrutando del frescor de la mañana. Muchas veces imaginando que es una de mis aficiones preferidas.
  Una vez pasado el susto del madrugón me alegro de poder sentir estas sensaciones.
  Busco los patos que cada día me sorprenden situándose en distintas zonas de los jardines, como si jugaran conmigo al encondite. Cuando el camino que tengo que coger pasa cerca de donde están echados, suelen levantarse despacio y comienzan a graznar caminando con su gracioso balanceo que los hace parecer tan torpes en tierra. ¡Son tan elegantes nadando!. Se desplazan con tal suavidad que el agua permanece en calma.
   Uno de los días que hacía mi habitual recorrido, cuando iba llegando al grupo de ánades que estaban disfrutando de los primeros rayos de sol de la mañana, y dada mi afición por fotografiar todo lo que llama mi atención, saqué del bolso la cámara que siempre me acompaña y me dispuse a plasmar tan singular grupo cuando se pusieron en marcha los aspersores de regadío de los jardines, provocando la estampida de los graciosos animales que buscaban escapar de la impovisada lluvia mientras sus graznidos escandalosos hicieron que no pudiera aguantar la risa. Esta situación, entre cómica desde mi punto de vista y trágica para ellos por tener que dejar su rincón soleado, hizo que mi domingo no pareciera tan amargo por tener que trabajar, por dejar mis seres queridos en casa, por no poder disfrutar del despertar tranquilo y natural de las mañanas de descanso. Me alegró el día y aún me alegra cada vez que lo recuerdo. 
 




PATOS HUYENDO DEL AGUA
 
 

domingo, 21 de agosto de 2011

CEMENTERIO DE VILLALUENGA DEL ROSARIO, CÁDIZ


Interior



Puerta del cementerio que se haya ubicado en lo que fuera una iglesia.
 Puede verse la torre campanario.


  Me gustan los cementerios. Desde que era una niña me gustaba ir en las tardes soleadas a pasear por el de aquí de San Fernando. Me gusta el olor a flores marchitándose. Me gusta el silencio, roto a veces por el canto de algunas aves que viven entre las ramas de los cipreses, árbol que simboliza la unión entre el cielo y la tierra. Me gusta leer nombres de personas que en algún tiempo, remoto o cercano, vivieron cerca de nosotros. Imagino al ver algunas fotos colocadas en las lápidas cómo sería esa persona, cuáles serían sus deseos, inquietudes, si fue feliz o no, si cumplió sus sueños o anda vagando entre nosotros para que algún alma caritativa los haga realidad y pueda descansar eternamente. ¿ Recordáis la película " El bosque animado"?. Yo la he visto varias veces y por supuesto he leído la obra que siempre supera lo mostrado en el cine.
  Pues a lo que iba contando, me paseaba por el laberinto de calles del camposanto, me paraba en los rincones más adornados y  disparaba mi imaginación.
  Así pasaba muchas tardes y espero no parecer una persona rara.
  Hace un tiempo estuve por Grazalema y alrededores. Es una gozada tener tan cerca el mar y a la vez vivir a tiro de piedra de bosques, ríos y vegetación tan extraordinaria como es la zona de los pueblos blancos de la provincia.
  Concretamente en Villaluenga me encuentro muy emocionada porque es el pueblo de mi amiga del alma, esa amiga que todos necesitamos tener para descansar nuestras preocupaciones, esa amiga que aunque te lleves meses sin hablar con ella, cuando lo haces es como si el día anterior lo hubiéseis pasado juntas. Con ella comparto una de mis neuronas. Nuestras vidas van paralelas.
   Esa última vez que estuve por allí, me acerqué hasta la iglesia en ruinas (ya sabeís que las ruinas me atraen) donde está situado el cementerio. Es un lugar con embrujo. Está en la parte alta del pueblo y desde arriba se observan las grandes peñas que parecen que se van a venir en cualquier momento sobre tu cabeza, y la parte de abajo por donde discurre el valle, seco salvo en época de lluvias, de un río que si lo seguimos se adentra en la montaña hacia una sima que te hace temblar las piernas de vértigo.
  Ya veis que me entusiasmo cuando os describo este entorno porque es tan distinto y tan único por estos alrededores. Ese pueblo que emerge de las mismas rocas, tan atractivo en primavera por su vegetación como en invierno cuando las nieves lo pintan todo de blanco. Y en otoño que es la estación que más me gusta por su luz, sus sombras, sus colores, el olor de los días de lluvia, el arcoiris. En concreto, que en cualquier época del año, ir a ver Villaluenga es una delicia.
  Siempre acompañada por mi cámara fotográfica voy recogiendo las imágenes que al volver a ver con el tiempo me hacen sentir de nuevo la misma emoción que al verlas por primera vez.


Dedicado a mi querida amiga del alma, Ana Moscoso.

viernes, 19 de agosto de 2011

EN UN JARDÍN ASILVESTRADO


El jardín


  No me gusta ponerme a reflexionar acerca de la vejez porque me acongoja; una cobardía, un "esconder la cabeza bajo la arena", pero prefiero evitar los pensamientos que me entristecen.
  En esta etapa de mi vida son muchas las veces en que vienen a mi mente tanto los hechos del pasado como la incertidumbre del futuro. ¿Cómo será? ¿Cómo seré o hasta cuándo seré?. Y no me refiero a cuándo dejaré de existir físicamente sino a cuándo dejaré de ser una persona autosuficiente porque a partir de ese momento ya "no seré". Creo que cuando se acaban los proyectos aunque sean los más cotidianos, se deja de vivir.
  Por mi trabajo estoy constantemente en contacto con la vejez y veo a diario el deterioro físico y mental que acarrea el paso de los años. Esto me hace meditar a menudo y como dije al principio intento evitarlo para no deprimirme.
   ¿No será todo esto debido a que el espejo empieza a devolverme una imagen que mis ojos no reconocen porque por dentro sigo sintiéndome joven? Quizá me asuste la carga de los años.
  El tiempo pasa muy deprisa, cada vez a más velocidad y temes que se te escape la vida sin haber realizado todo lo que soñabas.

  Hace unos tres años tuve ocasión de visitar la casa, ya vacía, de una anciana que había tenido que ser ingresada en una residencia geriátrica porque había llegado el momento de, según mi teoría, dejar de "ser plenamente". Llegó el momento de necesitar ayuda para todo, hasta para realizar las tareas más sencillas.
  Su sobrina a modo de guía me acompañó en la visita y me fue explicando detalles de la vida de la anciana. Me habló de su carácter extrovertido, afable y alegre. De su amor por las plantas y su debilidad por las galletas.
Me comentó que en varias ocasiones había provocado pequeños incendios en la cocina, que ya no era capaz de cuidarse por sí misma y que la suciedad y el abandono se estaban adueñando de la casa y de ella misma. Su salud se resentía. Ya no era autosuficiente.

En su casa quedaron los recuerdos de toda su vida. En los armarios aún quedan vestidos, en los cajones duermen sus juegos de cama que tantas veces habrá planchado. En la cocina esperan pacientes platos, vasos, tazas... que no volverán a sentir aquellas manos jabonosas que los acariciaban.
En un rincón de uno de los dormitorios sobre una vieja cómoda se apilan cajas de lata de galletas ahora llenas de fotos, papeles, llaves de quién sabe qué, y objetos varios que han quedado en el olvido. Imágenes de familiares y amigos para ella muy queridos y para los que ahora los miramos, unos desconocidos.
Sobre una mesita auxiliar junto a una raída butaca hay un teléfono con números gigantescos para que la anciana pudiera verlos con claridad y un destrozado listín telefónico con varias hojas rotas quizá arrancadas en un momento de desesperación. ¿Cuántas veces una llamada le aportaría el consuelo necesario para olvidar su soledad? ¿Cuántas veces habrá necesitado ayuda para encontarse a sí misma perdida en su propio hogar?
En una silla se han quedado colgadas unas bolsas con restos de lanas para tejer y sobre la mesita una agujas de tricotar con un ovillo de hilo que en otro tiempo fue blanco.
Espejos, cuadros, cojines de ganchillo de colores, libros, un Corazón de Jesús sentado en su trono sobre una repisa presidiendo el rincón donde ella se sentaba a hacer sus labores, junto a la ventana que da al jardín y donde encontraría más luz para sus cansados ojos. Todo abandonado. El polvo adueñándose de cada objeto.

El jardín, antes cuidado con esmero, aparece ante nosotros como una selva, se mezclan las ramas del limonero con las del jazmín. Se enredan las caracolas con los troncos leñosos  de una vieja parra. La costilla de Adán, la paleta de pintor, y muchas otras plantas crecen sin freno invadiendo ventanas y puertas, campando a sus anchas por todas partes, subiendo descaradas hasta la azotea. Siguen vivas las alegrías de la casa pese a la tristeza que se siente en este lugar. Ya no moldean sus formas las diestras manos de su jardinera porque ahora viejas y cansadas se encuentran lejos.
Ahora es ella la que necesita unas manos que le ayuden a cuidar su cuerpo y un corazón generoso que cuide de su espiritu para que estos años que por ser los últimos de su vida deberían ser intensos y felices no sean como en la mayoría de los casos los más tristes y solitarios.
Me apena la soledad de la vejez. No quiero pensar en ella. Quiero "esconder la cabeza bajo la arena".
No reflexionaré más sobre esto. Al menos ahora mismo. Más tarde ya veremos.

La visita a la casa de la anciana Cuqui me hizo estremecerme. Pensé en mis fotos guardadas con tanta ilusión, en mis recuerdos fruto de tantos momentos vividos intensamente, en mis cuadros bordados a punto de cruz con tanto cuidado, en mis agujas de ganchillo que antes fueron de mi abuela y que fue un orgullo heredar, en mi pequeña colección de faros, en toda mi vida guardada en trocitos en cada objeto de mi casa. Algún día alguien los observará y se imaginará cómo fue mi vida.
Ojalá alguien lo haga y mi recuerdo permanezca.

     Hace un par de años que la anciana murió. Estuve con ella minutos antes acariciando su mano con la esperanza de que se sintiera acompañada ,(está demostrado que el sentido del tacto permanece hasta el final). Alli estaban sus tres sobrinos, los que habían procurado un final digno para su querida tía.
  Su recuerdo permanecerá entre nosotros para siempre. Cada vez que hablemos de sus excentricidades, de su sentido del humor, de sus trifulcas con su hermana "la civila", de su dedicación desinteresada cuidando de su familia, de sus presuntos amores secretos que nunca nadie pudo decir a ciencia cierta que existieron.
  Su recuerdo nos une.

martes, 16 de agosto de 2011

MI CASTILLO



CASTILLO DE SANCTI PETRI

Quizá esta es la imagen de mi entorno que más fotógrafos han capturado.

   Para mi tiene un significado especial porque mi abuelo, D. Antonio Beltrán Vega,  fue el responsable del faro ubicado dentro de la torre del castillo. Desde pequeña he oído hablar de Sancti Petri como un lugar de felicidad.  Allí vivieron su niñez mi madre y todos sus hermanos. Mi abuela, que tuvo nueve hijos, se vió en muchas ocasiones muy sóla, aislada del resto del mundo, en una época en la que no se tenía un coche aparcado a la puerta de casa. Allí sufrió la muerte de dos de sus hijos. Allí disfrutó de muchos otros momentos cuando con poco una familia era capaz de sentirse afortunada.
  Tengo mil relatos de las cosas que allí pasaban. Mi tía Isabel que era la mayor de los hermanos, me contaba en las noches de verano sentada en el escalón de la puerta de la casa ( ya viviendo en San Fernando), todos sus recuerdos de aquellos días en su añorada casa construida por Obras Públicas a imagen de muchas otras casas para uso de los faristas. Una de las mejores del pueblo que vivía de la pesca del atún y de su fábrica de envasado. Ella recordaba a su dueño y cómo mi abuelo nunca permitió a ninguna de sus hijas que fueran a dicha fábrica a trabajar.
  Sus vidas allí transcurrían pausadamente.
  En una ocasión y acompañada de Javier, farero de Cádiz, visité la isla del castillo y subí a su torre donde se halla la linterna del faro. Para mí fue sobrecogedor pisar esos lugares y pensar que muchos años antes mi familia había caminado por ese mismo suelo. Gracias a la amabilidad de Javier también tuve ocasión de leer las anotaciones del libro de diario que había ido escribiendo mi abuelo con una preciosa letra dibujada con esmero con pluma y tinta. Aún recuerdo sus plumillas y  tinteros guardados en una alacena de la casa en la que vivieron en esta misma calle en la que ahora vivo yo.
  Podría estar días y días contando anécdotas de esa pareja que fueron mis abuelos y de su prole que son mis tíos y mi madre. Seguro que pronto tendré necesidad de seguir con esta historia.
   Hasta entonces os deseo todo lo mejor.